Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Me falta alimento

Cada día nos alimentamos varias veces, en general, porque sentimos la necesidad de hacerlo, algunas veces por costumbre o porque “toca”o porque “es la hora”, aunque en ese momento no tengamos hambre. Algunas veces lo hacemos casi solos, otras en familia, o en grupo de amigos, o de trabajo. Algunas veces lo hacemos “al paso”, otras bien sentados y con tiempo. Algunas veces lo hacemos en la cocina o en el comedor diario, otras en el comedor, algunas en restaurantes, otras en fiestas solemnes en lugares arreglados para la ocasión.. Pero…..lo hacemos cada día.

Muchas veces nos cuidamos en las cantidades y contenidos, otras no. A veces estamos muy pendientes para no engordar, otras para fortalecernos, después de alguna enfermedad, o frente a la práctica de deportes. Pero…..lo hacemos cada día.

Muy rara vez nos cuestionamos si tenemos ganas de comer o no, si me agrada el lugar o no, ya que a lo sumo cambiamos de lugar, pero….. no dejamos de comer. Si no me gusta quien me sirve también buscaré otro lugar u otra persona, pero…. no dejo de comer.

Hay otra forma de alimento, tan necesaria como la anterior, que muchas veces ni valoramos, ni tenemos en cuenta, y por no hacerlo, cada vez nos cuesta mas buscarla, desearla, sentir su necesidad o su ausencia. De alguna manera pasa algo similar que con el alimento común. Si por alguna deficiencia como poco, cada vez me cuesta mas alimentarme normalmente, me contento con poca cosa, y así de a poco me voy debilitando, hasta enfermarme seriamente.

Este, otro alimento del que hablamos, es espiritual. Prácticamente no se ve, no se sienten sus efectos en lo inmediato. Si me falta, me voy acostumbrando a no tenerlo, hasta olvidarme de él. Pero…..las consecuencias son igual de desastrosas, que frente a la falta del alimento común, y aún peores. Ya que su falta no solo toca nuestro cuerpo, sino a todo nuestro ser, toda nuestra persona, toda nuestra visión de nosotros mismos y del mundo.

Hablamos, claro está, de la Eucaristía. De este regalo fundamental para nuestra vida , que nos dejó Jesús, o mejor aún, que quiso quedarse El como regalo, don, alimento, fortaleza, consuelo, abrazo, intimidad de amor, claridad frente a los problemas, angustias, enfermedades, vínculo de comunión y reconciliación con los hermanos, etc.

Muchas veces nos guiamos por las ganas o no que tengo de participar de la Misa, sin pensar en lo que me pierdo, en las fuerzas que dejo de recibir, en el consuelo y la paz que el Señor me quiere dar y que me está ofreciendo, sin ningún esfuerzo de mi parte, salvo el ir, y que yo dejo pasar. Otras veces, con la excusa de no haberme confesado, pienso que no tiene sentido el ir a Misa, pero no hago casi nada para recibir la gracia de la Reconciliación en el Sacramento…..total no es Pascua, ni Navidad,….así que puede esperar, como si solamente necesitáramos alimentarnos dos veces al año, como si eso fuera suficiente.

Después nos quejamos, o hasta nos enojamos, con Dios, porque sentimos que no nos escucha, ni nos ayuda, y que es injusto con nosotros. Pero….si no nos predisponemos a escucharlo casi nunca, cuando creemos que lo necesitamos de verdad, hemos perdido la capacidad de escucharlo, de entenderlo, de sentir su abrazo de Padre. El nos lo da siempre, somos nosotros los que perdemos la capacidad de captarlo. El se comprometió a estar SIEMPRE con nosotros, pero si no lo sabemos buscar y descubrir El no puede hacer nada, porque se lo estamos impidiendo.

Pidámosle al Señor que nos ayude a entender mas este Alimento que nos ofrece. Que nos ayude a buscarlo y a no dejarlo pasar. Que nos ayude a vencer nuestra pereza, y las excusas que nos ponemos, que solo nos hacen daño, no nos traen ningún beneficio.

Así como buscamos el alimento corporal cada día, que también podamos buscarlo a El.

¡Que la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima, nos impulse a buscar el verdadero alimento para nuestra vida!.

Un abrazo y mis oraciones.

Padre Guillermo.