Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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¿Qué celebramos?

Parecería que nada ha cambiado en estos días. Sigue la corrupción, las peleas, los desencuentros, los enojos, las tomas de posición por conveniencias personales, la falta de verdad en las expresiones públicas o personales, las injusticias, los atropellos, las faltas de respeto hacia el otro, el egoísmo…………………..

Sin embargo hemos celebrado, hace pocos días, la Resurrección de Jesucristo, la nueva vida que nos trae, la luz que ilumina las tinieblas del pecado, del corazón. ¿De qué nueva vida, de qué luz nos habla la Liturgia de la Pascua?, ¿se puede equivocar tanto? ¿Puede estar tan lejos de la vida cotidiana?.

Si la Iglesia nos invita a celebrar es porque ha habido un acontecimiento que ocurrió realmente en el tiempo y que hacemos presente en las Celebraciones. Si no ¿qué estamos celebrando?

El acontecimiento histórico y real comenzó, desde la creación, por supuesto, pero se hizo presente desde la Navidad y lo concluimos con la Semana Santa. El hecho que Dios se haya encarnado para hacerse uno de nosotros, para sufrir como cualquiera y estar sujeto a injusticia, humillación y abandono, nos habla del gran amor de Dios para nosotros, sus hijos. Tras todas las muestras de su poder y amor en la creación, de todos los cuidados que tuvo con su pueblo elegido, de todas las ayudas que les regaló para que no se apartaran de la vida que conduce a la única Vida, en el colmo de su amor se hizo uno de nosotros, para que pudiéramos comprender que nos ama más allá de nuestras debilidades, desaciertos, errores. Jesús nos mostró el amor de Padre al regalarnos un perdón gratuito que sana nuestras heridas, que nos permite volver a levantar la cabeza frente a nuestras caídas, que nos permite seguir siendo y llamarnos hijos a pesar de nuestros rechazos.

Por eso la Pascua puede ser celebrada, porque es la alegría del corazón agradecido frente a tanta bondad y generosidad. La nueva vida que nos trae la Pascua es interior, para que viviéndola día a día la vayamos haciendo exterior por nuestras obras. Si solamente se queda en el interior es como un tesoro escondido, no sirve para nada , ni para nadie, nadie lo puede admirar o sacar algún provecho, aunque tenga un gran valor, enterrado lo pierde, se hace parte de la tierra, y ni siquiera sirve como abono.

Si al celebrar la Pascua no nos propusimos, al menos, hacer algo mejor por los demás y por uno mismo, ha sido un tesoro valiosísimo pero……..enterrado, no nos cambia nada.

Pero a pesar de nuestra pereza, desidia o descuido, el Señor nos sigue hablando desde la alegría de la Pascua que seguiremos celebrando cincuenta días. En algún momento podemos escucharlo, hay que estar atentos, porque la alegría que se experimenta es tan enorme que a uno lo desborda y lo impulsa a amar más al Señor en los hermanos.

Yo, este año en la Vigilia Pascual, tuve un regalo muy grande, de parte del Señor, y varios de ustedes que estaban participando lo vivieron. Antes de Comulgar, mientras estaba rezando la oración preparatoria de la comunión, que a mi me dice mucho ( y se que a muchos de ustedes también, porque me lo han expresado), mientras me reconocía pecador, sentí como un abrazo, no físico sino del alma, tan grande, que me hacía ver que si que soy pecador, pero a la vez profundamente amado por El, perdonado, mirado con misericordia y además que no tuviera miedo, que nunca me iba a dejar apartarme de El , que desbordó mi emoción y mi agradecimiento a El por tanto regalo. Fue una gran experiencia instantánea, de un segundo o menos, pero de una gran profundidad que se grabó muy hondo y que ojalá no olvide. Son así los regalos de Dios. ¡ Nos queda una sensación de una gran cercanía del Señor! ¡y de enorme alegría y gratitud!.

¡Que la Virgen María,  Nuestra Señora de Fátima, que supo acompañar a su hijo en la pasión, y gozarse en la Resurrección, nos ayude a vivir siempre con el espíritu de la Pascua, para transmitirlo con humildad y sencillez!

¡Que hayan podido pasar una Feliz y Santa Pascua!

Un abrazo y mis oraciones.

Padre Guillermo.