Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
Av. Libertador 13.900 (1640) Martínez Buenos Aires -
Argentina Tel. 4508-8501 / 8502 -
pqfatima@fibertel.com.ar
Diócesis de San Isidro


Recordamos que para comunicarse directamemente con la Secretaría se puede enviar un mail a secretaria@fatima.org.ar
En camino, buscando a Dios

Queridos parroquianos:

Los meses de agosto y septiembre estarán marcados para algunos fieles de la Parroquia por el signo de la peregrinación, uno de los más fuertes del Año Santo y del Gran Jubileo por los 2000 años del nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre.

En primer lugar, 44 jóvenes peregrinarán conmigo a Roma para participar de la Jornada Mundial de la Juventud, convocada por el Papa para los días 15 a 20 de agosto, en la Ciudad Eterna.

Posteriormente 27 fieles, junto con la invalorable compañía y guía de Mons. Jorge Mejía, Obispo argentino que cumple funciones de Bibliotecario y Archivista de la Santa Iglesia Romana en la Santa Sede, peregrinaremos a Tierra Santa, desde el 28 de agosto hasta el 4 de septiembre (y después recorreremos los principales lugares de peregrinación en la ciudad de Roma, hasta el 8 del mismo mes).

Por último, otros 16 fieles Parroquia participarán, junto con el Padre Daniel Díaz, de la celebración nacional del Gran Jubileo, en el Encuentro Eucarístico Nacional, en la ciudad de Córdoba, del 8 al 10 de septiembre.

Serán momentos muy significativos en la vida de los que participaremos de estas peregrinaciones, a lugares distintos, en tiempos distintos. Sin embargo habrá algunas características comunes, que son propias no sólo de las peregrinaciones, sino también de la vida de cada uno de nosotros, verdadera peregrinación hacia Dios.

Reunidos con la Delegación de los jóvenes para la Jornada Mundial de la Juventud, nos preguntábamos para qué peregrinábamos a Roma. Ciertamente, no serán esos días los mejores para conocer esta ciudad fascinante, por su historia y por su realidad (habrá allí en ese momento un millón y medio de jóvenes; para una ciudad de tres millones de habitantes resulta un número verdaderamente desbordante). Probablemente tengamos que deponer toda pretensión “turística”, porque será directamente impracticable.

La finalidad de estas peregrinaciones, como todas las que hacemos con sentido religioso, es la misma que la finalidad de la vida de cada uno de nosotros: simplemente buscar a Dios, con la confiada esperanza de encontrarlo, siguiendo sus pasos.

Por esta razón iremos a los lugares donde Dios ha manifestado eficazmente su misericordia y su amor redentor. Lo buscaremos en las huellas que ha dejado su presencia, en los templos en los que se proclama desde hace siglos su presencia, y en los que los sacramentos extienden los frutos de la eficacia redentora de su cruz y resurrección. Pero lo buscaremos también (y lo encontraremos), en los hermanos con quienes compartiremos la marcha, en los que aparezcan en el camino, en los que nos exijan entrega, solidaridad, amor y paciencia. Jesús mismo nos avisó que en ellos nos espera: “porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mt 25, 35-36).

En realidad, todo esto lo que nos toca hacer a cada uno de nosotros a lo largo de la vida: nada más, y nada menos, que buscarlo a Dios, siguiendo la huella de sus pasos, y, entendida de esta manera, siempre la vida es una peregrinación.

Los peregrinos tendremos que experimentar muchas incomodidades: no vamos a poder movernos cada uno según nuestra capacidad de marcha. Tendremos que aprender a encontrar el ritmo que es posible para todos. Tendremos que esperarnos y sostenernos unos a otros cuando nos llegue el cansancio. Tendremos que “alivianar nuestra carga”, dejando de lado todo lo prescindible, para no torturar a los demás con el peso de nuestras valijas. Tendremos que estar dispuestos a postergar nuestros gustos, encontrando nuestra alegría en lo que resulta posible a todos. Resumiendo, tendremos que aprender a gustar de la comunión, y la comunidad, como los primeros discípulos: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos” (Hechos, 4, 32).

Y nuevamente, este aspecto de nuestro peregrinar, no hace más que ponernos frente al desafío que nos presenta siempre la vida. Porque siempre necesitamos unos de otros, siempre estamos llamados a acompañarnos, sin cortarnos solos, en el camino de la vida. Siempre necesitamos que a veces nos sostengan, y otras veces servir de apoyo para quien tenemos al lado. Siempre nos hace bien tener una carga ligera, prescindiendo de lo que no resulta necesario, para estar más disponibles, más desprendidos, más dispuestos a seguir a Dios por donde Él quiera llevarnos, sabiendo que su Casa es nuestra casa, y la meta de nuestra vida. Siempre estamos llamados por Dios a vivir en comunión, a descubrir a nuestros hermanos, y a servirlos, sabiendo que como Padre, Dios nos espera en ellos, y nos brinda la alegría.

En definitiva, estas peregrinaciones, como todas las que sirven para ir al encuentro de Dios, no hacen más que ayudarnos a tomar conciencia que estamos siempre en camino, vamos hacia Dios, Él es nuestra meta. Y que el cielo, su Casa, que Él mismo nos describe como una gran fiesta, fraterna, como un banquete de bodas, es nuestra morada definitiva.

Por esta razón, quiero terminar invitando a todos a aprovechar este signo de la peregrinación, y a experimentarlo de una manera especial durante este Año Santo, para aprender a recorrer mejor el camino que nos lleva a Dios. Él ya lo hizo. Desde su Amor y su Misericordia recorrió una gran distancia para acercarse a nuestro pecado. Y derrumbó barreras, y acortó el camino: se puso en nuestras manos, y nos espera, especialmente durante este Gran Jubileo del año 2000, para bendecirnos con su gracia y su indulgencia.

Hagamos todos de nuestra vida una peregrinación, que nos lleve a Dios, en quien y con quien podamos encontrarnos cada vez más, y un día en forma definitiva.

Con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge