Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
Av. Libertador 13.900 (1640) Martínez Buenos Aires -
Argentina Tel. 4508-8501 / 8502 -
pqfatima@fibertel.com.ar
Diócesis de San Isidro


Recordamos que para comunicarse directamemente con la Secretaría se puede enviar un mail a secretaria@fatima.org.ar
Pasión sin fanatismo

Queridos parroquianos:

Me pasaron hace unos días un escrito, del que desconozco el autor, que me ha motivado a escribirles sobre este asunto. Allí expresaba el escritor su incomodidad ante los “cristianos aburridos”.

Esto me movió a reflexionar sobre la fe y la pasión. Hoy vemos entusiasmo y expresiones de alegría en momentos aislados, que se hacen sentir en forma contundente. Si un Club de fútbol gana una Copa, o nuestra Selección gana un partido de la ronda clasificatoria para el Mundial del año 2002, esa noche las bocinas suenan por las calles durante un largo tiempo. Expresan una alegría que se quiere comunicar a los demás, aún con el riesgo de molestarlos.

Alguna vez también un artista o cantante despierta la alegría de sus “fans”, no sé bien si por natural iniciativa de ellos, o por una estudiada y provocada masificación, con el objetivo de vender muchas entradas a sus espectáculos y muchos símbolos con que el “merchandising” que completa el negocio.

Pero salvo esos episodios esporádicos, nos invade una especie de “civilizada apatía”. Me pregunto: ¿no hay razones, causas, motivos, que merezcan hoy pasión y entusiasmo?

No me resigno a una respuesta negativa, y mucho menos a quedarme callado, esperando que desaparezca o se acalle una pregunta incómoda, para volver a un silencio indiferente, que deje a cada uno en sus propios problemas, en su propia soledad, en su propia insensibilidad.

Creo que nosotros tenemos motivos para una apasionada alegría. La fe no pude compadecerse con la apatía. Nos pone en contacto con Jesús. Nos hace descubrir en Él la razón de nuestra existencia, y el motivo de nuestra vida. Nos muestra “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

La fe lleva a la cruz, nos hace reconocer también las que están a cada paso en la vida. Pero eso no se opone a la alegría, sino todo lo contrario. Dice una vieja expresión, que ya ni recuerdo de quién o de donde viene, que un “santo triste” es un “triste santo”. Yo me animo a pensar que ni siquiera es santo.

Jesús nos muestra que Dios nos quiere, en serio y verdaderamente. Que nuestra vida tiene su origen en Él, y aunque nosotros nos empeñemos muchas veces en perder el rumbo, Él en cambio se empeña en no perdernos. Por eso se acerca a nosotros, da su Vida en la cruz para abrazarnos fraternalmente, y nos abre las puertas del Cielo para que tengamos allí la Casa que nos ha preparado, la morada que nos espera.

Hace casi 2000 años un grupo de apasionados pescadores y algunas mujeres fueron capaces de cambiar el camino que llevaban, porque el encuentro con Jesús resucitado les cambió la vida. De pescadores y de simples mujeres se convirtieron en testigos. La Palabra que recibieron de Jesús en ellos se hizo carne, y les cambió la vida.

Eran pocos, y cambiaron mucho, casi todo lo que les rodeaba. Jesús los asistía, y el Espíritu Santo los sostenía. Pero eso no fue sólo una ayuda especial para ese momento. Hoy Jesús está igualmente asistiendo, y el Espíritu Santo sosteniendo a los que nos animamos a creer (cf. Mt 28, 20 y Lc 12, 11-12).

Le fe requiere coraje, para convertirse en un testimonio viviente de lo que hemos recibido. Pero ese coraje no es locura, ni inconsciencia, sino todo lo contrario. Es simplemente entusiasmo y alegría que surge de darse cuenta del don recibido.

Es impresionante la descripción que nos hace San Lucas de la primera comunidad cristiana: “Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno. Intimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse” (Hch 2, 44-47).

Pero es más impresionante todavía si tenemos en cuenta que lo que ellos hacían no se los impuso nadie, no fue una orden que tuvieron que cumplir, un mandato al que se vieron sometidos. Fue simplemente consecuencia del entusiasmo de una fe que les cambió la vida.

Pensemos en nuestros días. Es grande el desafío que la fe nos presenta en este mundo en el que hoy vivimos. Jesús nos invita a seguir su Camino, entusiasmados con su Verdad, que nos lleva a la Vida. No tenemos motivos, entonces, para quedarnos abatidos, entregados, pasivos.

La globalización de la indiferencia, del individualismo, del materialismo, del derrotismo, de la decepción, del abatimiento, del pesimismo, no puede echar raíces en nosotros. La fe nos pone en marcha para vivir con confianza y alegría el desafío del compromiso con Jesús, sabiendo que con Él nada nos falta para que tenga sentido nuestra vida. Y si la asumimos de verdad, nos convierte en testigos de esta alegría.

Me pregunto si en las Misas del Domingo en nuestra Parroquia, y a su salida, no debería pasar algo parecido a lo que sucede en un estadio. No crean que me he vuelto loco (al menos no más que lo habitual). Simplemente hago este razonamiento: si esta celebración central de nuestra fe, de cada Domingo, nos encontramos verdaderamente con Jesús, ¿no debería él encender nuestro entusiasmo?

¿Por qué no expresar con libertad, con pasión (sin fanatismos) lo que en la fe vivimos? ¿Por qué no salir de allí haciendo sonar nuestras bocinas, y más todavía, con nuestro corazón encendido, para ser testigos de lo que hemos vivido?

¿Será porque somos tímidos? ¿O porque tenemos miedo, o no estamos del todo seguros, o no tenemos el fuego del todo encendido?

Pasión y fe van siempre juntos. Y vale la pena el entusiasmo de ser sus testigos.

Con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge