Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Las causas y las consecuencias de la alegría

Queridos parroquianos:

Todos queremos ser felices. Y no puede ser de otro modo. Dios puso ese impulso de nuestra vida en lo más profundo de nuestro corazón.

Sin embargo, también de ahí nos podemos enfermar. Así como nuestros órganos físicos cuando se enferman dejan de funcionar, o lo hacen alocadamente, sin control y sin medida, volviéndose contra nosotros en vez de ayudar al desenvolvimiento de nuestra vida, también se nos puede enfermar el motor espiritual, de modo que ya no busquemos la felicidad o lo hagamos desenfrenada y equivocadamente, o se nos haga difícil o imposible la alegría.

Se trata de un asunto vital. No podemos dejarlo pasar sin más, sobre todo si estamos en problemas, o nos asaltan las tristezas y los motivos de desaliento, que a veces se amontonan y hacen fila esperando su turno para caernos encima. Y si hay una causa de tristeza que envuelve a todas las demás, es la falta de horizonte, no tener un lugar a dónde ir, quedarse sin meta, sin final, y consecuentemente sin alegría.

La fiesta de Pentecostés, con la que llega a su culminación el tiempo pascual, que este año celebraremos el Domingo 11 de junio, nos puede ayudar a recuperar las causas y las consecuencias de la verdadera alegría.

Ese día revivimos el momento en que Dios derramó su Espíritu sobre la Iglesia naciente, que reunía a los apóstoles, a María, algunas mujeres y algunos otros creyentes. Con esa efusión del Espíritu Santo, que todos nosotros recibimos a partir del Bautismo y la Confirmación, y algunos con una misión especial en el sacramento del Orden (los diáconos, los presbíteros y los Obispos), es la clave y la causa de nuestra alegría.

Lo que Dios hizo en Jesús, lo comparte con nosotros a través del don de su Espíritu Santo. Él pudo vencer la muerte resucitando. Y a nosotros nos anticipa que podemos resucitar con Él, porque para eso nos ha bañado con su Espíritu Santo y santificador.

El Espíritu Santo nos hace participar del camino de Jesús, y nos abre las puertas para que lleguemos a su misma meta. Este Espíritu de Vida nos impulsa hacia Dios, y se convierte de esta manera en la causa y en la fuente de una alegría verdadera. Este Espíritu de Dios nos hace semejantes a Él, porque alimenta en nosotros la Vida que viene de Dios, nos hace vivir la Pascua de Jesús, nos hace superar el fatal horizonte de la muerte, y nos abre a la Vida eterna, haciendo posible nuestra alegría.

Esto tiene consecuencias, y grandes. En realidad, si nos abrimos a la presencia del Espíritu de Dios, cambia todo en nuestra vida. Podemos mirar estas consecuencias a la luz del Año Santo que estamos celebrando, por los 2000 años del momento en que Jesús nació, para compartir nuestra vida y entregarnos la suya.

Es un signo del Año Santo pasar por las Puertas Santas de las basílicas mayores de Roma (cf. mis cartas en los Boletines de noviembre y diciembre de 1999). “La puerta es un lugar por donde se pasa, para entrar a una casa. No sirve quedarse en la puerta, detenerse en el umbral. Hace falta ingresar, para encontrarse con la alegría de la familia, con el calor del hogar”. Jesús es la puerta que Dios nos abre para encontrarnos con Él. Una consecuencia de nuestra apertura al Espíritu Santo será que nos animaremos a entrar por esta puerta. Iremos a Jesús, y no nos quedaremos parados en el umbral, como quien se acerca a la Parroquia, o a la Misa, “se asoma”, pero “no se mete dentro”. Es “entrando” como viviremos todas las consecuencias de la alegría.

El año Santo se celebra peregrinando, para recordarnos que en esto consiste nuestra vida. Y una consecuencia de abrir nuestro corazón al Espíritu Santo será vivir con entusiasmo nuestra condición de peregrinos. Por lo tanto, para facilitar la marcha, nos hará aligerar nuestra carga. Se trata simplemente de todo lo que para nosotros representa un “peso”, un apego, que nos impide movernos con libertad para orientar nuestra vida por los caminos de Jesús, que nos señala con su Palabra. ¿Qué hace pesada nuestra marcha? ¿Qué nos impide seguir con vivir con mayor fidelidad la Palabra de Jesús? ¿Nuestros bienes, nuestros afectos, nuestros vicios, nuestros gustos? Ahí está lo que tenemos que quitarnos de encima. Y podemos hacerlo como consecuencia de la presencia del Espíritu de Dios, que nos da la vida.

Es signo también del Año Santo que celebramos una caridad creciente, entusiasta y comprometida. Y esta caridad es también consecuencia del Espíritu Santo cuando impregna profundamente toda nuestra vida. No hay alegría que pueda conservarse “comprimida” en le corazón. Toda alegría legítima se expande cuando se comparte y se celebra con los que están junto a nosotros en la vida.

Por esta razón, es una consecuencia, y al mismo tiempo una señal inconfundible de nuestra apertura al Espíritu Santo, esa sensibilidad que nos lleva a hacer nuestros los problemas y los dolores, las preocupaciones y las necesidades ajenas, y nos impulsa a responder con el compromiso de un amor que nos lleva a dar todo de sí, sin omnipotencia ni superioridad, sino con la humildad y la pequeñez de saber que no podemos todo, pero sí nos toca devolver al menos algo de lo que nos ha regalado la vida.

Hay otros signos del Año Santo, de los que nos habla más extensamente la Carta del Padre Daniel en este mismo Boletín. Me quedo ahora simplemente con estos tres, como ejemplos de las consecuencias que puede tener en nosotros beber con abundancia, en la próxima fiesta de Pentecostés en la fuente y en la causa de toda verdadera alegría.

Con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge