Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Una día de fiesta con un mensaje para hoy


Queridos parroquianos:

El próximo 13 de mayo el Papa Juan Pablo II realizará en Fátima la beatificación de los niños Francisco y Jacinta Marto, de quienes él mismo declaró la heroicidad de sus virtudes el 13 de mayo de 1989.

Este acontecimiento eclesial tiene un especial significado para nuestra Parroquia, que lleva como título la advocación a la Virgen que toma su nombre del lugar cerca del cual los hermanos Francisco y Jacinta, junto con su prima Lucía (hoy hermana carmelita descalza en un Convento cercano a Fátima, que sigue viviendo a sus ya largos 93 años) vivieron episodios conmocionantes en el año 1917.

En otro lugar del sitio encontrarán algunas reflexiones sobre estos nuevos beatos y su espiritualidad (click aquí). A mí me interesa ahora detenerme brevemente sobre su mensaje de conversión, oración, sacrificio y reparación, que afirmaron con el testimonio de su propia vida y su temprana muerte.

Todo esto fue para ellos el resultado de su encuentro con María, y la respuesta que dieron a su llamado de amor. Conversión, porque el encuentro con Dios, y con su Madre, siempre nos pone ante la evidencia de nuestra falta de amor a Dios, que aunque sea mucho, nunca es suficiente. Oración, porque es el oxígeno que necesita nuestro encuentro con Él. Sacrificio, porque es la ocasión para que se exprese y crezca el amor. Y reparación, porque es el modo más elevado de nuestra caridad para con nuestros hermanos, que nos permite superar la tentación de quedarnos sólo en las críticas ante sus miserias y pecados.

Detengámonos un poco en esto. Y aprendamos en la cruz el camino de la reparación. Allí lo vemos a Jesús en la manifestación más extraordinaria y comprometida del amor de Dios. Sabemos que nuestros pecados, y los de todos los hombres, están contenidos en ese rechazo que los hombres hacemos de Dios, que ha querido acercarse a nosotros hasta compartir nuestra condición humana, y que se expresa en la cruz, instrumento de tortura y de muerte.

Jesús no se deja sorprender, y el rechazo que sufre en la cruz no lo desvía de su designio de amor. Por eso, todo en Él es en ese momento silencio y aceptación. Su oración dirigida al Padre, pidiendo el perdón de quienes lo crucifican, porque “no saben lo que hacen”, nos incluye a nosotros en su infinita misericordia redentora.

De esta manera, repara Jesús los efectos devastadores del rechazo al amor de Dios, que envuelve e impregna todos nuestros pecados. El amor se convierte en el gran acto de reparación, y encuentra su mayor manifestación en el dolor y el sufrimiento aceptados silenciosamente, y entregados como ofrenda a su Padre misericordioso.

Esta experiencia maravillosa del poder redentor del dolor aceptado y ofrecido es lo que en los niños Francisco y Jacinta asumen en sus vidas como un llamado especial que sienten recibido de la Virgen María. Y a pesar de su corta edad, hacen de toda su vida una respuesta fiel a este llamado. Se ofrecen plenamente a Dios, con la intención de reparar al menos en algo los males que provocan los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, a través de sus sencillos pero sinceros actos de amor.

Creo que la beatificación de estos niños pone ante nuestra mirada una propuesta muy eficaz y muy actualizada para los tiempos que nos tocan vivir.

Las cosas que pasan dentro y fuera de la Iglesia pueden resultar en estos momentos (como siempre) una invitación a la protesta y al descontento. Pero, en vez de caer en la tentación del desaliento, al que inevitablemente nos llevaría una actitud de constante crítica a los que nos parece que no hacen las cosas como debieran, porque no saben o porque no quieren, el camino de estos niños nos invita a una respuesta de amor.

Ante todas las consecuencias del pecado de los otros (y de los nuestros propios), Francisco y Jacinta, a quienes el Papa beatificará el próximo 13 de mayo, nos invitan a una actitud de reparación, movida por el amor a Dios y nuestros hermanos.

Primero, la búsqueda de una continua y mayor conversión. Para esto nos ayuda especialmente la celebración de este Año Santo con ocasión de los 2000 años del misterio de la encarnación. Esta celebración consiste precisamente en abrirnos más efectivamente, con un deseo muy grande, a la misericordia de Dios (no nos olvidemos que, como decía ya San Agustín en el siglo IV, el deseo es el que ensancha el corazón, y el amor de Dios podrá entrar en nuestros corazones según la medida con que lo hayamos abierto con el deseo del encuentro con Dios).

Por esto mismo, una actitud de mayor oración. Sólo ella podrá oxigenar nuestra vida carente de profundidad, e intoxicada por falta de esta “respiración espiritual”.

El resultado seguramente será una mayor disposición al sacrificio, confiados en que no hay dolor y sufrimiento que quede ajeno al corazón de Jesús, que de su propia cruz, y de la nuestra, hace surgir la salvación.

Y finalmente, un ánimo de reparación, con el que podremos hacernos más positivos, y capaces de aportar algo de luz entre las tinieblas de nuestro tiempo, seguros de que nada cambia cuando lo que aportamos es sólo una crítica estéril (salvo nuestro corazón, que se queda cada vez más envenenado), y que todo avanza y todo crece, si aportamos con amor.

Que estos nuevos beatos, tan caros a la devoción de Fátima, nos ayuden a poner con entusiasmo nuestro granito de arena, para hacer crecer nuestra Parroquia y el mundo que nos rodea, con nuestra conversión, oración, sacrificio y nuestro ánimo de reparación.

Con mi afecto y bendición.


Alejandro W. Bunge