Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Permeables a la Vida, sensibles al amor

Queridos parroquianos:

Hay quienes son más sensibles al amor. Quienes se enternecen más fácilmente ante una madre que atiende a su hijo enfermo, quienes captan con mayor delicadeza los signos más ocultos del amor que nos rodea y nos envuelve, quienes descubren con mayor emotividad las huellas del prójimo que espera de nosotros una respuesta.
Benditos ellos, porque tienen a su alcance una llave importante de la vida. Ya que amor y vida van necesariamente juntos. El amor da vida, y la vida encuentra su sentido y su razón de ser en el amor.
Estas consideraciones tienen una especial importancia a las puertas de la Pascua del Jubileo. Por una parte, porque la Pascua es por excelencia la fiesta de la Vida, en la que celebramos la Resurrección de Jesús, que venció para siempre en la cruz al pecado y a la muerte, que no pueden hacernos un daño irreparable sin nuestro consentimiento.
Pero además, porque el Jubileo es una ocasión en que la Iglesia nos brinda la oportunidad de descubrir más profundamente y recibir más abundantemente las manifestaciones del amor de Dios.
Comencemos por la vida. Es un bien precioso, y escurridizo. Porque está más allá de nuestras posibilidades generarlo sin el concurso de Dios, y prolongarlo más allá de los límites que Él misteriosamente le señala. Es, por eso, un regalo, verdaderamente un don de Dios.
La Resurrección de Jesús nos recuerda siempre que la vida sólo vence gracias a la perseverancia de Dios. Y esto debería resonar en nuestros corazones aún con más contundencia durante el Año Santo, que es como una gran campana en la que hacen eco las manifestaciones del amor de Dios.
Él no se ha dejado confundir por nuestro rechazo y nuestros pecados. Resucitando a Jesús nos ha dicho que podemos aspirar a la Vida para siempre, porque Él nos ha querido llamar a recuperarla por el camino de la fidelidad y del amor.
Fidelidad al don de la vida que de Él mismo hemos recibido. Si recordáramos siempre que se trata verdaderamente de un don, podríamos agradecerla más y mejor cada día, y entregarla más generosamente cuando llega el momento de darla, ya sea de golpe, o en la entrega constante y generosa de cada día, en el servicio del amor.
Por eso, también se trata de la fidelidad al amor, que Jesús nos muestra con su propia vida, que es pura entrega y don de sí mismo para servirnos a nosotros y a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, desde su cruz y su Resurrección.
Descubramos ahora el sentido especial de esta Pascua, la del Año Santo. En ella Dios nos dice lo de siempre, pero la Iglesia levanta más alto su voz, para que oigamos a Dios. "Este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero" nos decía San Juan, y nos recordaba el Obispo en su Carta de Cuaresma (1 Jn 4, 10). El amor no es una iniciativa nuestra, sino de Dios.
De allí nuestra necesidad de rezar siempre, o, mejor aún, de dedicar "un tiempo de nuestro día a la oración ¿cómo voy a descubrir y a conocer este amor, si no tomo un momento concreto para relacionarme con el Señor?" (Carta Pastoral de Cuaresma 2000 de Mons. Casaretto).
Esta oración de cada día es como el oxígeno indispensable de la vida, que nos alimenta con el amor de Dios. Nadie da lo que no tiene, y sólo si de esta manera nos alimentamos del amor de Dios vamos a reconocer no sólo como posible, sino fascinante e impostergable hacernos cargo del "Evangelio, que no pide muchas cosas, o las que pide termina concentrándolas en el amor" (Carta Pastoral de Cuaresma 2000 de Mons. Casaretto).
Muchos están mirándonos. Somos una parroquia especial (en realidad, todos los párrocos pueden decir lo mismo de su propia parroquia, movidos por el sano orgullo de querer a sus feligreses). Somos los que estamos "en la zona norte, en la costa del río". Y esperan de nosotros, por nuestras posibilidades, nuestras condiciones, nuestra situación de vida, muchos gestos de desprendimiento y de amor.
Esto se hace más evidente a medida que avanza la realización del Plan Compartir en nuestra diócesis y en todo el país. Crece la conciencia de la necesidad de los bienes temporales para que la Iglesia pueda realizar sus planes evangelizadores. Y crece la conciencia de la necesidad de una mayor comunión de bienes, para que estos planes no se concentren sólo en los lugares donde vivimos los que más tenemos o más podemos.
Yo no sé si podremos responder a todas las expectativas que los demás tienen puestas sobre nosotros. Tampoco sé si hacen bien en tenerlas. Pero sí estoy seguro que lo que nos urge no es sólo tomar conciencia de nuestras posibilidades, para ponerlas del mejor modo posible, y cuanto antes, al servicio de todos. Necesitamos fundamentalmente tomar conciencia, en nuestra oración, del amor con el que Dios nos trata, porque de ese amor se alimenta nuestro amor.
Este tiempo de Cuaresma, que nos lleva a la ya inminente celebración de la Pascua, es un tiempo para hacernos más permeables a la Vida que Dios ha derramado en nosotros. Así podremos asumir con coherencia la finalidad de este don de Dios. Y consecuentemente, podremos ser más sensibles a su amor.
Así seremos más conscientes de nuestras posibilidades y más prácticos y expeditivos a la hora de llevar adelante el Plan Compartir. Se abrirán más fácilmente nuestros ojos a la realidad de nuestros hermanos. Y, lo que es aún más importante, se despertará en nuestros corazones la urgencia de responder con amor al amor de Dios.
Con mis deseos de unas felices Pascuas de Resurrección, y con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge