Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Debilidad o fortaleza

Hemos visto, en los días pasados, un ejemplo de fortaleza, humildad y responsabilidad con su misión en el mundo.
A pesar de su enfermedad y problemas físicos vimos como Juan Pablo II enfrentó los compromisos contraídos para su Aniversario, para la beatificación de Madre Teresa y para el Consistorio de Cardenales.
Se hizo fuerte a pesar de su debilidad e incapacidades. No le importó mostrarse ante el mundo con su enfermedad, y sin poder ser el hombre al que estábamos acostumbrados a ver hasta hace poco tiempo.
Supo hacer frente a la adversidad de la enfermedad y a las limitaciones que ésta trae. No se escondió ni disimuló, y a pesar de los dolores, que se dice padece, supo soportarlos y enfrentarlos con entereza verdad y humildad.
Hoy no estamos acostumbrados a estos ejemplos. En televisión todo lo que puede ser limitación, dolor (si no es por un espectáculo sensacionalista), demostración de deterioro, etc., se esconde, se disfraza, se realizan “efectos especiales” para que todo sea espléndido, exitoso, sonriente, y así se encuadre en los parámetros de éxito y triunfo que se nos quiere mostrar como “el valor de la sociedad y la persona”, cuando todos sabemos que es falso y que en nuestra vida personal experimentamos lo real.
No siempre se es consciente de lo que se nos quiere imponer, en este sentido, y así muchos viven tristes y hasta deprimidos porque no se ven como “los modelos que HAY que seguir”, y se pierden de disfrutar lo que verdaderamente se ES, los valores y virtudes que se tienen, las pequeñas alegrías que se pueden experimentar a diario en las pequeñas cosas, el cariño y la amistad que nos demuestran tantas personas, los logros personales (aunque no sean para el cine o la televisión).
Así también las enfermedades o contratiempos no muy graves se pueden ver como una gran tragedia, sin lograr descubrir lo que sufren de verdad otras personas, y como lo propio es mínimo frente al resto de alegrías que tenemos.
Por eso el ejemplo de temple y carácter que nos ha mostrado Juan Pablo II es para atesorar, recordar, y seguir en nuestra vida, confiando en la fortaleza que el Señor nos concede siempre en su bondad, y si la pedimos, recibimos el consuelo de experimentar, además, su ternura y presencia salvadora.
El amor de Dios hacia nosotros es incondicional, es decir, no solo está presente si “nos portamos bien”, está en todo momento para concedernos lo que necesitamos para superar o soportar los momentos difíciles, aunque El no los va a solucionar o eliminar siempre. Si no eliminó la Cruz y sufrimiento de Su Hijo, aunque lo acompañó con su Gracia, a nosotros ,que también somos sus hijos no nos va a abandonar.
¡Que la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima , que supo vivir el dolor y el gozo, nos ayude y anime a seguirla siempre en nuestro camino!
Un abrazo y mis oraciones.

Padre Guillermo