Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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El Año Santo (un sencillo testimonio personal)

Queridos parroquianos:

Estuve en Roma realizando algunas gestiones como Vicedecano de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Católica Argentina. Allí tuve la oportunidad de visitar al Papa, el Viernes 4 de febrero a las 12 horas. Eramos un grupo de 9 argentinos: el Vicerrector de la Pontificia Universidad Católica Argentina acompañado por familiares, el Decano de la Facultad de Derecho Canónico y yo, con otros profesores de la Facultad.

Algunos habíamos tenido la oportunidad de visitar al Papa en ocasiones similares, incluso concelebrando la Misa con él en su Capilla Privada. Sin embargo, esta vez fue distinto. Todos, los que lo habíamos visto antes y los que no, nos llevamos una misma y fuerte impresión, que sacudió nuestros corazones: en ese cuerpo tan frágil, tan agobiado, tan marcado por el tiempo y los achaques, se dejaba ver un espíritu fuerte, decidido, impulsado desde la más sólida fe, con clara conciencia de estar llevando el timón de la barca de Pedro, mientras transcurre este Año Santo que la llevará al tercer milenio.

Nadie tiene en sus manos el futuro, y no lo podemos inventar ni profetizar. Por esta razón, no sabemos cuánto más vivirá el Papa. Pero sí podemos ver sus signos en el presente. Lo que pasó por delante de nuestros ojos fue la estampa de un hombre de fe, de profunda oración, que mira para adelante y sigue la marcha, seguro de su misión. Y me reconforta poder decirles que todos salimos de la audiencia con Juan Pablo II convencidos de que su espíritu está muy fuerte. También su lucidez (cuando supo que pertenecíamos a la Universidad Católica Argentina, enseguida nos preguntó por su primer Rector, Mons. Derisi, a quien conoció personalmente, y a quien envió cálidos saludos, además de un regalo muy personal, un Rosario que hizo traer especialmente a su Secretario para que se lo hiciéramos llegar).

Cuando ese mismo Viernes yo atravesaba la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, y días después las de las otras tres Basílicas mayores que el mismo Papa abrió (en un hecho sin precedentes en la historia de los Años Santos), tuve una reconfortante sensación, que quisiera transmitirles del mejor modo posible. Atravesando aquellas Puertas se me hacía casi visible y tangible el paso que hoy nos toca dar como familia de Dios. Es un paso como el del Pueblo hebreo a través del Mar Rojo. Pero esta vez es toda la Iglesia la que tiene que darlo. Es el paso desde este último siglo del milenio (tan marcado por los enfrentamientos y la destrucción, a un tiempo de reencuentro con Dios y entre los hombres), al nuevo que se acerca rápidamente. Y es un paso que sólo es posible dar hacia adelante, a través de una sincera, apasionada y perseverante conversión, personal y comunitaria, que nos acerque a Dios y a todos nuestros hermanos, especialmente a los que más hemos olvidado o ignorado.

Es esa conversión a la que este Papa nos está invitando todos los días, tan decidida e insistentemente, con el testimonio de su propia entrega y devoción, desde que comenzó hace ya tiempo la preparación de este Jubileo del año 2000.

Es fácil darse cuenta de dónde saca el Papa esas fuerzas inagotables que lo sostienen en la marcha, a pesar de la creciente dificultad que representan sus años y sus achaques. Su convicción de la trascendencia que tiene este tiempo especial de conversión que se presenta como una oportunidad invalorable a la Iglesia de este final de milenio lo anima a entregarse sin reservas a la misión que Dios le ha puesto por delante.

El testimonio de este Pastor infatigable, a la vez que nos despierta y nos conmueve, nos ayuda a intentar que no se pase sin que la aprovechemos a fondo esta oportunidad singular del Años Santo como un tiempo de conversión, que nos permita vivir auténticamente y sin remordimientos la alegría de los hijos de Dios. Esto sólo será posible si nos esforzamos para crecer en nuestra fidelidad al Evangelio, que Jesús comenzó a anunciar con su nacimiento en Belén, y puso en plena evidencia con su muerte en la Cruz y su Resurrección en Jerusalén.

Este tiempo especial de Cuaresma, que sirve para preparar la celebración de la Pascua, como fiesta culminante del misterio del Amor de Dios que se dio todo para salvarnos, y que este año nos encuentra seguramente a todos habiendo terminado las vacaciones y en plena actividad, es un momento privilegiado para que intentemos dejarnos penetrar por esa especial alegría que sólo surge del perdón y la reconciliación.

Ojalá podamos todos abrirnos este año y cada día más a la misericordia y a la gracia de Dios. Eso nos llevará a encontrarnos más y mejor con nuestros hermanos. Fieles a las metas que venimos proponiéndonos en la Parroquia desde que empezamos a aplicar en ella el Plan Compartir, podremos estar mejor dispuestos a servirlos por amor, con amor y en el amor.

De esta manera será verdaderamente un año santo. Y también podremos serlo nosotros, conmovidos y transformados por su Amor.

Con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge