Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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A quién le abrimos la puerta?

Queridos parroquianos:

Todos sabemos que vivimos tiempos difíciles en lo que hace a la seguridad. No sólo los medios de comunicación social, sino incluso las charlas entre amigos y vecinos dan cuenta todos los días de asaltos, robos y otros episodios de violencia, que nos causan asombro y temor.

Parecería que hoy hay que tener más cuidado que nunca, al salir de casa y al volver a ella, al abrir la puerta de nuestra casa y al cerrarla. Desde hace tiempo que en nuestro barrio se ha tenido que vivir con este cuidado, pero parecería que hoy se acentúa la necesidad de estar alerta. Resultan evidentemente muy comprensibles todas las precauciones, y es una responsabilidad para con la propia familia saber a quién le abrimos la puerta de nuestra casa.

Esto lo saben bien nuestras queridas misioneras, a las que les resulta muchas veces muy difícil entrar en contacto con los vecinos cuando cada mes recorren todas las casas de nuestra Parroquia para acercar el Boletín parroquial, o cuando en ocasiones especiales se acercan para ofrecer la visita de la imagen de la Virgen o para llevar un saludo con ocasión de la Pascua o la Navidad.

Pero más allá de estas preocupaciones por la seguridad personal y familiar, cuando nos acercamos al inicio del Año Santo que el Papa Juan Pablo II nos propone celebrar desde la próxima Navidad hasta Reyes del 2001, es bueno detenernos unos instantes a reflexionar sobre el símbolo de la puerta y su significado en nuestra vida. Justamente, el Papa dará inicio a este Año Santo abriendo la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, en Roma, que sólo volverá a cerrarse cuando éste culmine.

La puerta es un lugar de paso. Cuando está abierta, nos comunica. Cuando está cerrada, nos defiende, aunque también a veces nos aísla.

Pero no sólo nuestra casa tiene puertas. También la Iglesia las tiene. Y también nuestra inteligencia y nuestro corazón. Por esta razón, es necesario que “las puertas” de la Iglesia estén abiertas, para que el amor y la salvación que Dios nos ofrece en Jesús llegue a nosotros, y “las puertas” de nuestra inteligencia y nuestro corazón lo estén también, para que lo dejemos entrar.

En esto consiste precisamente el Año Santo: un año durante el cual la Iglesia quiere abrir especialmente sus puertas para que todos puedan encontrar en ella el amor y la misericordia de Dios, que quiere salvarnos. Y un año en el que la misma Iglesia nos invita a todos a abrir especialmente las puertas de nuestra inteligencia y nuestro corazón, para que nos dejemos querer y redimir por Dios.

Muchas cosas especiales sucederán durante este Año Santo. Realizaremos misiones especiales, intentando llegar a todas las casas de nuestra Parroquia con un mensaje de esperanza, basado en la Palabra de Dios, que quiere llegar a nosotros con toda la eficacia de su amor. Habrá peregrinaciones (iremos, Dios mediante, con un grupo de jóvenes de la Parroquia a participar de la Jornada Mundial de la Juventud, en Roma, del 15 al 20 de agosto, y también, posiblemente, con un grupo de adultos a Tierra Santa). Se nos ofrecerá la posibilidad de obtener indulgencias plenarias con más abundancia que en los tiempos normales (cf. mi carta en el Boletín del mes pasado). Pondremos un especial acento en nuestras obras de caridad, como signos de una conversión más intensa.

Será un año especial, en el que los múltiples emprendimientos que hagamos desde la Parroquia, intentando llegar con una palabra clara que acerque a todos el llamado de la misericordia de Dios y nos invite a todos a tomar parte activamente dentro de su familia, y procurando hacer más comprometido y más efectivo nuestro amor por los más débiles, tratarán de poner de manifiesto que la Iglesia, nuestra Parroquia, quiere vivir este año especialmente con sus puertas abiertas.

Pero todo esto, en realidad, serviría de poco, sin la condición fundamental: que abramos nuestras puertas. Las de nuestra casa y las del corazón. Nos decía Juan Pablo II, al iniciar su pontificado, en un ya lejano octubre de 1978: “¡No teman! ¡Abran las puertas a Cristo!”

Hoy, cuando tantas veces entran en nuestra casa sin pedirnos permiso (a través de la televisión, o de Internet, o del inmenso cúmulo de información y de propaganda que nos inunda de tantas maneras); hoy, cuando tantas veces cerramos la puerta porque tenemos miedo, porque nos asusta tanta inseguridad; hoy, justamente hoy, porque nos preparamos a vivir un Año Santo en el que la Iglesia quiere abrir especialmente sus puertas para que llegue a todos el amor y la misericordia de Dios, fuente de toda esperanza verdadera, hace falta que, sin temor, confiados en que Dios siempre nos quiere bien, todos nosotros le abramos nuestras puertas.

Démosle la oportunidad a Dios de llegar a nosotros a través de la Iglesia. Démonos la oportunidad de descubrirlo a Dios unos a través de los otros, en el abrazo fraterno, en el amor compartido, en la comunión fraterna. Dejémosle manifestarse a través de nuestros hermanos más débiles, y respondamos con amor a su presencia.

Quiero darles a todos un saludo anticipado por esta Navidad, que nos abre las puertas del Año Santo, junto con mi bendición,

Alejandro W. Bunge