Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Una puerta abierta

Queridos parroquianos:

Nos disponemos a celebrar el Año Santo, que comenzará el 25 de diciembre, con la Navidad, y culminará el 6 de enero del año 2001.

El Papa Juan Pablo II nos llama a todos a celebrar este Año Santo poniendo nuestra atención en los 2000 años del nacimiento de Jesús, que nos abrió las puertas del cielo con su resurrección.

“La puerta” es uno de los símbolos lleno de significado del Año Santo. El 25 de diciembre a las 0 horas el Papa abrirá solemnemente la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, que sólo se abre con ocasión de la celebración de un Año Santo, significando la intención de la Iglesia de abrir durante este tiempo más intensamente “sus puertas” para que todos los hombres puedan encontrarse con la misericordia de Dios.

La puerta es todo un símbolo en sí mismo. La puerta es un lugar por donde se pasa, para entrar a una casa. No sirve quedarse en la puerta, detenerse en el umbral. Hace falta ingresar, para encontrarse con la alegría de la familia, con el calor del hogar.

La Iglesia quiere abrir sus puertas, para que todos los hombres puedan entrar en ella y encontrarse con la misericordia de Dios y la familia que formamos todos sus hijos, reconciliados por su amor.

Debemos disponernos para “atravesar” esa puerta, que simbólicamente se abre en el Año Santo, e ir al encuentro de la misericordia de Dios que viene hacia nosotros. Entre las muchas formas que tendremos de aprovechar la riqueza de este Año Santo, están las indulgencias, que podremos obtener para nosotros mismos o para ofrecer en sufragio por los difuntos.

Sabemos que Cristo es capaz de perdonar todos los pecados a aquel que se arrepiente sinceramente, sin olvidar que al fiel le toca responder a la gracia con la que Jesús nos mueve al arrepentimiento y a la debida reparación. El camino ordinario para recibir el perdón es el camino sacramental, a través del Bautismo y de la Reconciliación. Y sin embargo, eso no es todo. Además, por exigencia de la justicia, es necesario reparar los daños hechos, en la medida en que admiten reparación.

Estos daños, que se refieren primeramente a nuestra personal relación con Dios, de quien nos hemos alejado por nuestra infidelidad, y a nosotros mismos, que hemos quedado heridos por la inclinación hacia el mal y el vicio del pecado, se hacen más perceptibles cuando involucran a nuestros hermanos.

Por eso, después del perdón recibido de Jesús, incluso a través de la Iglesia, y el correspondiente crecimiento de la unión con Dios, permanece el compromiso de un empeño personal para purificarnos de las consecuencias del pecado y realizar la necesaria reparación. Podemos decirlo con una imagen sencilla, aunque un poco simplificada. Si un matrimonio se pelea, hasta llegar a tirarse con los platos y romper toda la vajilla, cuando se reconcilia, podrá hacerlo de una manera muy plena, hasta llegar a un grado de comunión mayor que antes de la pelea. Sin embargo, no podrán sentarse a comer juntos en su casa hasta que no reparen los platos rotos, o adquieran una nueva vajilla.

Este esfuerzo por reparar los daños que han provocado nuestros pecados y purificar las penas que les corresponden no significa que nos vamos a redimir por nuestra propia cuenta. El perdón viene siempre de Jesús. Pero nosotros lo acompañamos y cooperamos con nuestro esfuerzo de conversión y de reparación.

La Iglesia siempre ha considerado que el infinito e inagotable valor de las expiaciones y méritos de Jesús, ofrecidos para liberar del pecado a toda la humanidad, junto con las oraciones y las buenas obras realizadas por la Virgen María y por todos los santos, movidos por la caridad, conforman un tesoro espiritual del que puede disponer con autoridad para el provecho de todos los fieles. Esto es lo que hace con las indulgencias.

A través de las indulgencias la Iglesia, como servidora de la redención de Jesús, no sólo reza por los fieles sino que, interviniendo con autoridad, otorga al fiel bien dispuesto una remisión de la pena temporal debida por sus pecados, impulsándolo a realizar obras de piedad, penitencia y caridad, especialmente las que llevan al crecimiento de la fe y del bien común, haciendo que, incluso cuando los fieles las ofrecen en sufragio por los fieles difuntos, por eso mismo cultiven un modo excelente de caridad.

La indulgencia, entonces, debe entenderse como "la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por intervención de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos".

La indulgencia puede ser aplicada también a los difuntos, a modo de sufragio, gracias a que nos encontramos unidos con ellos por el vínculo de la caridad y la comunión en el Cuerpo místico de Cristo, constituyéndose de esa manera en una excelente manera de cultivar la caridad sobrenatural.

La indulgencia no es, como podría pensarse erróneamente, un perdón totalmente unilateral de las penas temporales debidas por los pecados. Para alcanzarla, hacen falta, según las normas actuales:

a) Un desapego efectivo de todo pecado, incluso venial, lo cual supone una intensa conversión interior, que nos dispone a vivir con una gran docilidad al Espíritu Santo; b) la realización de una obra indulgenciada; c) el cumplimiento, aunque sea en días distintos, de tres condiciones: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Papa.

Se trata de un gran don que nos ofrece la Iglesia para completar nuestra purificación, y que nos permite fortalecer la fe y la caridad con la que participamos de los sacramentos, la debilidad de nuestra oración, nuestra impaciencia en los sufrimientos y en los imprevistos cotidianos. Si nos disponemos adecuadamente para alcanzar las indulgencias, crecerá en nosotros la fe en los méritos de Cristo salvador, la esperanza en llegar a una plena reconciliación con Dios, la caridad que nos pone en comunión con Cristo y con todos nuestros hermanos, la humildad que nos hace reconocer nuestra incapacidad de reparar los daños provocados con nuestros pecados, y el deseo de alcanzar una conversión radical.

En breve el Obispo nos hará conocer su carta pastoral de Adviento, en la que nos dará algunas indicaciones para obtener las indulgencias en nuestra diócesis. Mientras tanto, preparémonos abriendo las puertas del corazón para aprovechar intensamente la gracia de este Año Santo que nos regala el Señor.

Con mi afecto y bendición

Alejandro W. Bunge