Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Diócesis de San Isidro


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Una misión especial

Ya ha transcurrido más de la mitad del año. Muchas cosas han ocurrido. Además del cambio de Párroco, en el ámbito parroquial, con lo que implica de ir adaptándose, conociéndose, ir entrando en confianza y enriquecerse, aprender a rezar juntos, compartir la Fe y la vida, es decir, un desafío apasionante para todos. Muchas otras han pasado en el mundo y en nuestro país.
Cuando se es adulto, dueño de uno mismo, con proyectos encaminados, con responsabilidades asumidas, con personas a cargo que nos interesan y nos preocupan, las situaciones que nos rodean, de las que somos protagonistas o artífices, nos tocan para bien o para mal. Si vemos que el país no prospera, que las palabras dichas hoy, mañana no importan, que el anuncio de un día es archivado al siguiente, que todo se pone en duda pero sin llegar a definir nada, que parece que la persona no tiene mucho valor aunque se proclame lo contrario, podemos entrar en un pesimismo o fatalismo que nos encierre en nosotros mismos o nos paralice y nos impida llevar a cabo nuestra misión.
Si se es joven, lo dicho arriba, puede llevar a una falta de entusiasmo para el futuro, para emprender proyectos, para llevarlos adelante, para esforzarse en crecer y prepararse para los desafíos que vendrán, y se puede entrar, además del pesimismo, en una desconfianza con las personas y en un individualismo que lleve a buscar solo lo fácil, lo momentáneo, el placer instantáneo, la falta de solidaridad y de preocupación por los demás.
A pesar de toda adversidad, tenemos que tratar de tener claro cual es nuestra misión en este mundo, para qué fuimos creados y qué se espera de nosotros. Sabemos que Dios nos crea por amor y para la felicidad. Que nos llama a ser santos y a transformar las realidades de pecado en fuentes de luz. Que los sufrimientos que podemos tener no son queridos por El, pero al hacernos libres podemos padecer por el mal uso de la libertad, propia o de los demás, y que El nos da la fuerza para superarlos. Que cuando nos sentimos débiles o impotentes podemos ser fuertes si nos abandonamos y confiamos en El.
Dios confía en nosotros. Nos regala muchos dones para que los multipliquemos. Nos invita a preocuparnos y ocuparnos de los demás y de sus necesidades como fuente de alegría y felicidad. En la medida que sepamos compartir y ser solidarios recibiremos mucho más de El, si en cambio queremos cuidar en exceso lo nuestro nos cerramos a recibir más.
Pensemos que hay mucha más gente en nuestro país y el mundo que busca y quiere hacer el bien, y que son pocos, en comparación, los que hacen el mal, aunque sean mucho más visibles y las consecuencias de sus acciones de mayor repercusión.
Estamos llamados a algo grande. Somos hijos de Dios. Nuestra misión también implica llevar y vivir la Esperanza en el mundo, empezando por nuestra familia y continuando con el resto. El desaliento, la tristeza, la frustración no nos pueden ganar porque no brotan de Dios. De El tenemos la bondad, la ternura, la misericordia, el perdón, la entrega, la generosidad, la alegría.
Somos una comunidad parroquial, y por eso, tenemos que hacer más presente a Cristo en nuestras reuniones, en nuestras celebraciones, y también en los hechos de cada día.
Estamos próximos a celebrar la fiesta de la Asunción de la Virgen María al Cielo, fiesta del triunfo definitivo de quien supo ser fiel al Padre y llevar su amor a todos los que estuvieron cerca de Ella y a toda la humanidad de todos los siglos.
¡Qué la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima, nos anime a ser fermentos de esperanza, de solidaridad, de generosidad, de verdadero espíritu evangélico en medio del mundo.!
Un abrazo y mis oraciones.


Padre Guillermo.