Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
Av. Libertador 13.900 (1640) Martínez Buenos Aires -
Argentina Tel. 4508-8501 / 8502 -
pqfatima@fibertel.com.ar
Diócesis de San Isidro


Recordamos que para comunicarse directamemente con la Secretaría se puede enviar un mail a secretaria@fatima.org.ar
La fuerza de la Resurrección Clave para nuestra vida nueva

Jesús en muchas oportunidades les enseña a los Apóstoles y discípulos a amarse los unos a los otros, como consecuencia directa del Mandamiento de Amar a Dios sobre todas las cosas.
El amor a Dios implica necesariamente reconocerlo como Padre, y de ahí verse como hijo de este Padre misericordioso, paciente, generoso, que da vida e invita a ser feliz, aquí para la Vida Eterna. Al vernos como hijos, y al mirar a nuestro alrededor descubrimos que los otros hombres, conocidos o no, queridos o no, también son hijos de mi Padre y , por lo tanto, son mis hermanos. Desde esta perspectiva el amor al prójimo, a los demás adquiere un significado renovado. Tengo que amarlos porque son amados por mi Padre, que nos ama a cada uno. No puedo entristecer a mi Padre despreciando, u odiando a alguno de sus hijos, porque , en definitiva lo estoy despreciando a El.
Amar a Dios y al prójimo es fruto de la Virtud de la Caridad, que nos fue regalada en el Bautismo y que hacemos crecer, en nosotros, cada vez que hacemos un acto de amor, nos cueste o nos brote espontáneamente.
Para vivir la Caridad necesitamos la virtud de la Humildad, que nos permite aceptarnos como somos, con nuestras virtudes, valores y logros, y con nuestros defectos, imperfecciones y limitaciones. Viendo nuestras limitaciones podremos aceptar, mejor, las limitaciones de los demás, y de allí será más fácil amarlos.
Humildad y Caridad, trabajando juntas nos van a impulsar a estar más atentos a las necesidades del prójimo, a tener la grandeza de ser generosos con nuestro tiempo, con nuestros talentos y con nuestro dinero. Nos impulsará a vivir más en sintonía con el Evangelio y con el ejemplo de las primeras comunidades cristianas, que ponían todo en común para socorrer a los necesitados, de cualquier índole.
Sin duda que el pecado del egoísmo y de la defensa de lo que creemos que es propio, y no un regalo de Dios, nos lleva a encerrarnos, a no escuchar, a pensar que otros tienen que hacer algo y no yo. Por eso al Celebrar Pentecostés, tenemos que pedir insistentemente al Espíritu Santo que llene nuestro corazón con el amor de Dios, que no nos deje estancarnos, que no nos deje buscar nuestra comodidad exclusivamente, que nos enseñe a descubrir como dando nos llenamos más que si guardamos lo poco o mucho que tenemos y somos.
No dudemos. El Espíritu Santo transformó a los Apóstoles con la fuerza de Dios. A nosotros también nos puede transformar si lo dejamos, si somos dóciles, si se lo pedimos, si nos ayudamos en crecer y no en destruirnos con la desconfianza, los celos, los deseos de poder, con la envidia, con la soberbia de creernos mejores, etc.
Es el Espíritu Santo el que va abrir nuestro corazón a la Esperanza y la alegría de sabernos hijos amados, y hermanos necesitados los unos de los otros para llevar al mundo, a nuestro mundo, el amor del Señor en actitudes concretas, sencillas y cotidianas.
¡Qué el Espíritu Santo nos anime y qué la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima, nos ayude a ser dóciles como ella lo fue, para alcanzar los premios prometidos por Jesús, acá y en la vida eterna el ciento por uno !
Un abrazo y mis oraciones.


Padre Guillermo