Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Llegando al final...

Queridos parroquianos:

Estamos llegando al final del recorrido que comenzó la Navidad pasada, cuando Juan Pablo II inauguraba el Año Santo, 2000 años después que Jesús naciera en Belén para traernos la salvación con el abrazo misericordioso de Dios.

Cuando el próximo 6 de enero el Papa, después de celebrar la solemnidad de Reyes, clausure la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, y las de las otras tres Basílicas Mayores de Roma, habrá llegado a su fin este tiempo especial de gracia en el que toda la actividad de la Iglesia nos ha querido llevar renovadamente al encuentro de Jesús, y en Él a la salvación.

Hace poco más de un año (cf. mi carta en el Boletín parroquial de noviembre de 1999) yo les hablaba del significado de «La Puerta» como uno de los más intensos del Año Santo. En ella se representa el lugar por donde hay que pasar, sin detenerse y mucho menos quedarse afuera, para poder encontrarse con la alegría de la familia, con el calor del hogar.

Poco después yo les planteaba la necesidad de «abrir las puertas» de nuestras Iglesia, así como las de nuestra inteligencia y nuestro corazón, para que a lo largo de todo el Año Santo lo dejáramos entrar a Dios, que vendría durante este tiempo especialmente hacia nosotros en Jesús, trayéndonos la salvación (cf. mi carta en el Boletín parroquial de diciembre de 1999).

El camino que durante el Año Santo todos hemos recorrido, con mayor o menor atención, nos ha ido mostrando, seguramente, que ir al encuentro de Jesús, que viene hacia nosotros, pasando por esa «puerta» que todavía nos separa de Él, exige dejar afuera todo el lastre de nuestras miserias y pecados, que no permiten que se vea en nosotros esa imagen de Dios que Él mismo nos regaló. Por eso, ha sido para todos un camino de conversión.

Ahora, cuando vamos llegando al final del recorrido, sabemos además que el Año Santo, como todo lo que es de Dios, no tiene un efecto mágico. Su gracia ha estado como siempre, pero de manera aún más intensa, a nuestra disposición, a través de las múltiples celebraciones que la Iglesia ha puesto en nuestras manos durante este tiempo. En la Parroquia, nuestra peregrinación al Santuario de Schoenstatt el pasado 13 de mayo, y las fiestas patronales, el Domingo 8 de octubre, fueron ocasiones especiales para encontrarnos con la misericordia y la indulgencia de Dios. Las peregrinaciones con los jóvenes a Roma y con los adultos a Tierra Santa fueron también para algunos tiempos fuertes de gracia y conversión.

Pero nada de esto ha podido tener efectos en nosotros sin nuestro propio compromiso y nuestra propia decisión. Simplemente, porque la conversión es un movimiento que, con la fuerza que Él mismo nos da, parte de los más profundo de nuestros corazones y nos lleva hacia Dios.

Todavía estamos a tiempo para llevar más a fondo los frutos del Año Santo en la vida de cada uno de nosotros. Todavía podemos poner en evidencia dónde se encuentra nuestro punto débil, dónde podemos abrirle más nuestras puertas a Jesús, y encontrarnos con su salvación. Y estará bien que aprovechemos hasta el último minuto este tiempo de gracia que nos ha tocado vivir en el umbral del tercer milenio, para que lleguemos a él más convertidos hacia Dios.

En estas palabras finales me propongo hacer, salvadas las distancias, una comparación entre este final del Año Santo, ya próximo, y el del término de mi servicio entre ustedes, queridos parroquianos, como párroco y pastor, antes de asumir en marzo las nuevas funciones a través de las cuales me propongo seguir respondiendo con la mayor fidelidad posible a Dios.

También estos siete años pasados entre ustedes han sido tiempos de gracia, según lo veo yo. También ha sido un camino recorrido, que ha necesitado de todos, de ustedes y de mí, continuamente la conversión.

También aquí ha habido puertas, que fue necesario abrir. Lo planteábamos de esa manera en la primera Asamblea Parroquial que me tocó presidir, el 17 de septiembre de 1994, un tiempo que parece ya lejano, y que, sin embargo, fue «ayer».

Nos propusimos en ese momento, como resumen del enorme cúmulo de propuestas con las que pretendíamos responder a los desafíos que nos presentaban los objetivos pastorales de toda la diócesis, hacer de nuestra Parroquia una comunidad de «puertas abiertas», donde todos pudieran encontrar su lugar y su talento con el cual servir a los demás.

Después del camino recorrido, y mientras escribo estas líneas, pasan delante de mis ojos y de mi corazón innumerables rostros de personas, grandes y chicos, jóvenes y ancianos, que durante todo este tiempo he conocido a través de las múltiples tareas apostólicas de esta comunidad, y se han convertido en el signo más claro de que valía la pena el esfuerzo que hemos realizado pastores y fieles durante este tiempo.

Me nace en primer lugar un sentido agradecimiento hacia tantos y tan buenos y fieles colaboradores, que considero imposible e innecesario enumerar (ellos mismos saben lo que han dado, y que Dios los recompensará).

Y cuando se acerca la partida, siento al mismo tiempo la urgencia de hacer todavía un esfuerzo, para seguir «abriendo las puertas» de esta familia parroquial. Para que todos puedan saberse invitados a formar parte y participar en ella activamente. Para que todos puedan encontrarse aquí con Jesús, en la comunión fraterna a la que Él nos llama. Para que todos se sepan llamados a contribuir al bien de todos, con su propia conversión y fidelidad.

Con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge