Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Diócesis de San Isidro


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Somos peregrinos, vamos caminando...

Queridos parroquianos:

A partir de marzo, la Parroquia tendrá un nuevo Párroco. Será el Padre Guillermo Piñero Jolly, que actualmente Párroco en la Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús, Martínez. A partir de ese momento yo seré Capellán de las Hermanitas de los Pobres y del Hogar de Ancianos Marín, en San Isidro. De esta manera, el Obispo ha hecho posible que en el futuro pueda dedicarme más a la investigación y a la enseñanza, en la Facultad de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Católica Argentina.

Esta no es una "carta de despedida", porque todavía nos seguiremos viendo hasta que en marzo se haga efectivo el cambio. Sólo son unas líneas con las que quiero ayudarlos a vivir con confianza en los caminos que Dios, este momento trascendente de la vida de la Parroquia.

Nos servirá de ayuda la experiencia del año jubilar, durante el cual todos vamos intentando recorrer el camino que nos lleva desde la fragilidad y la inconstancia de nuestra fe a una vida más comprometida con la grandeza de nuestra vocación de hijos de Dios.

La peregrinación es un gran signo del Año Santo. Porque nos recuerda con mucho realismo cómo es nuestra condición humana: mientras vivimos, entre nuestro nacimiento y nuestra muerte, estamos de camino, no hemos llegado todavía a lo definitivo. Por eso, estamos siempre "en marcha". Partimos de Dios, y hacia Él vamos.

Mientras vamos de camino, nos encontramos unos con otros, y nuestras vidas van entretejiendo una invisible y misteriosa trama. Con algunos tenemos lazos que nos unen para siempre, más allá de nuestra elección o nuestra voluntad. Son los lazos de la sangre, que nos unen de una manera especial, irrepetible, a todos nuestros antepasados y parientes contemporáneos y futuros. Otras veces es una decisión personal, única e intransferible, la que lleva a ligar para siempre la marcha a un compañero/a de ruta, a través del sacramento del matrimonio.

A veces nos toca simplemente "cruzarnos" con algunas personas, que, sin embargo, dejan huellas imborrables en nuestros corazones. Otras veces pasamos largo tiempo al lado de otros, sin siquiera darnos cuenta de lo cerca que hemos estado, y lo que de ellos hemos recibido. También sucede en otras oportunidades que nuestros caminos se encuentran, de modo que nos toca andar juntos durante un tiempo más o menos largo de nuestra marcha (nuestra vida). Y esto es lo que ha sucedido a lo largo de estos siete años que he estado en esta Parroquia.

La experiencia de la peregrinación que hemos vivido en la Parroquia en diversos momentos de este Año Santo me ha ayudado a madurar la condición del peregrino. Durante los intensos momentos de la participación con el entrañable grupo de jóvenes con los que fui a la Jornada Mundial de la Juventud, y posteriormente con los adultos con los que peregriné a Tierra Santa (antes de que se llegara a esta infortunada situación actual en la que el odio y la violencia enlutan la Tierra de Jesús), tenía la clara sensación, como seguramente también todos ellos, que Jesús había unido nuestros caminos y nuestras vidas en esos momentos intensos, para que cada uno de nosotros aquilatara en su corazón los dones con los que Dios había bendecido a los demás.

Esa es la experiencia más rica de la peregrinación: el encuentro con nuestros compañeros de camino, enriqueciéndonos con todos los dones que Dios pone al alance de nuestra mano a través y en cada uno de ellos. La tentación es inmediata: querer prolongar indefinidamente ese encuentro y esa marcha. Pero la realidad se impone de manera no menos inmediata, llamándonos a través de las exigencias cotidianas que nos reclaman.

No podíamos quedarnos allí donde fuimos, ya sea Roma, Asís, Florencia o Tierra Santa, y no podíamos hacer que aquella marcha durara para siempre, sin hacerle perder su magia. Los muchos dones de Dios recibidos en esos días necesitaban, para dar todos sus frutos, que siguiéramos cada uno por su ruta, agradecidos a Dios por habernos permitidos caminar juntos en ese tramo, pero dispuestos a seguir la marcha, porque Dios, que está siempre con nosotros en el presente, no nos espera en el pasado, sino en el futuro que tenemos por delante, desde el que nos llama.

No pueden eternizarse los momentos llamados a tener una duración limitada. Y la única manera de seguir atesorando los dones recibidos en nuestra condición de peregrinos, es dejar que la vida fluya por sus caminos, sin pretender tirar las anclas antes de la llegada. Ya dirá Dios si nos toca encontrarnos de nuevo, y de qué forma, para compartir nuevamente un tramo del camino con los que han sido compañeros de ruta en alguna parte de nuestra marcha.

Los siete años que he pasado desempeñando mi ministerio sacerdotal en esta Parroquia están llenos de dones de Dios que me han hecho crecer durante todo este tiempo. También he podido dejar entre ustedes algo de lo que Dios me había dado. Ahora tengo por delante otras tareas, y con la confianza que se alimenta en la fe y en la oración, emprenderé dentro de poco esa nueva marcha.

No habría modo de hacer fructificar lo que yo haya sembrado en este tiempo, si para eso hiciera falta que yo me quedara siempre en este mismo lugar. Uno siembra, otro riega, pero es Dios quien hace crecer (cf. 1 Corintios 3, 6).

Por esta razón, mirando para adelante, con un corazón agradecido, pidiendo perdón a quienes haya lastimado con mis incoherencias y perdonando de todo corazón a quien lo necesite, me animo a dirigir a todos ustedes, queridos parroquianos, una sola petición.

Simplemente les ruego que, si de algo sirve lo que he sembrado, no se distraigan pensando qué va a pasar cuando, en unos meses más, yo me haya ido, sino que, dispuestos a colaborar desde el primer día con el nuevo Párroco, rieguen las semillas que Dios haya hecho caer desde mis manos en su camino, para que Dios las haga crecer, haciendo de esta Parroquia cada vez más un enorme vergel, en el que se puedan alimentar todos los hijos de Dios, mientras peregrinamos hacia el Cielo, la única Patria definitiva, hacia la que vamos.

Con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge