Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Volver al Espíritu

Estamos por celebrar la fiesta del nacimiento de la Iglesia. Casi dos mil años de historia, con una enorme presencia de la Gracia de Dios para sus hijos y con infinitos pecados e infidelidades de los hijos para su Padre. Los integrantes de la Iglesia somos pecadores, y mucho, todos los bautizados somos imperfectos, y por eso como el Señor le dijo a San  Pablo “ en la debilidad se muestra mi poder”, así en la Iglesia la acción del Espíritu Santo manifiesta  el gran amor de Dios, que no lo puede apagar ni destruir todo el pecado del hombre, de la humanidad a lo largo de la historia.

Casualmente, frente a tanta miseria humana y desaciertos de los hijos de la Iglesia, queda de manifiesto como el Espíritu Santo sostiene a la Iglesia, como lo prometiera Jesús a sus Apóstoles, ya que sin esa acción divina ya habríamos destruido, hace siglos, la presencia del Señor en su Iglesia.

Pentecostés nos vuelve a situar en el momento en que los Apóstoles son transformados por esa acción invisible pero palpable del Espíritu, que los hace salir al mundo, ya sin temor, a predicar el nombre y la persona de Jesús, muerto y resucitado, como mensaje esencial de salvación, y así ha sido a lo largo de estos casi 2000 años.

Frente al mundo, a la realidad que nos toca vivir, llena de incoherencia, mentiras, intereses cruzados, egoísmos, soberbia, falta de respeto por la vida y las opiniones de los otros, intrigas, manipulación de la verdad y de la realidad, etc., esa acción del Espíritu Santo en el mundo, empezando por nuestro corazón, es una necesidad urgente para que el ser humano pueda volver al verdadero sentido de su vida.

El Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo, y fortalecido con la Confirmación, sigue animando el corazón de los que buscan seguir los caminos del Señor, y de todos aquellos que, sin saberlo, buscan hacer el bien. Esta acción es la que nos permite entrar en intimidad con Dios hasta poder llamarlo cariñosamente “padre” y sentir que El nos responde “si hijo”. Es la que nos permite conocernos con nuestras debilidades e imperfecciones y saber que así somos conocidos por El y amados. No nos hace falta disfrazarnos a tratar de aparentar algo que no somos frente a Dios, es inútil es estéril y nos aleja mas que acercarnos. Dios es la Verdad y solo por y con la verdad podremos presentarnos frente a El para conocernos y aceptarnos mejor.

La actitud del hijo frente al Padre celestial es la de la humildad, que no es humillación o bajeza, sino sabernos criaturas necesitadas del Creador que cura y sana nuestras heridas, que nos ayuda a enderezarnos frente al agobio, a la incertidumbre, a los miedos y fracasos, que nos ayuda a fortalecernos frente a la duda o tristezas, que nos acompaña para que contemplando la creación y nuestra vida nos alegremos de todo el bien y belleza que nos rodea y que también nosotros hacemos.

Busquemos que la acción del Espíritu, realmente, transforme nuestra vida para poder irradiar , extender e impregnar el mundo con su presencia de amor y consuelo.

¡Que la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima, cuya Fiesta estamos por celebrar el 13, nos ayude a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo como Ella lo fue!

Un abrazo y mis oraciones.

Padre Guillermo.