Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Alegría de la intimidad

Hemos caminado junto a Jesús sus últimos pasos en Semana Santa, para poder celebrar con gran alegría la Pascua, el triunfo sobre  el pecado y la muerte. Una vez mas, el amor misericordioso del Padre se hizo presente en su Iglesia y en el mundo. Y aunque a muchos les haya pasado desapercibido, se ha producido un cambio en el mundo. Si, el cambio que la gracia de Dios provoca en el corazón del hombre que lo busca y espera, que lo celebra y lo hace presente, que lo anuncia y lo vive.

Cada celebración de la Pascua mueve a muchos a acercarse a ese Manantial de Amor y Vida que no se agota, y que nos permite descubrir a un Dios vivo y presente que nos quiere acompañar en nuestro camino, en nuestras tristezas y luchas, en nuestras enfermedades y debilidades, en nuestras alegrías y logros, en nuestros aciertos y fracasos, porque Él busca a todo hombre que se deja encontrar y no mide resultados sino la capacidad de amar de cada uno para hacerla crecer mas.

El Señor no ofrece premios y castigos, según nuestras acciones, sino que espera que lo dejemos entrar en el corazón para ayudarnos a descubrir el mejor camino, para hablarnos al oído y consolarnos, para iluminar nuestros pasos para evitar los tropiezos, y si caemos Él nos ayuda a levantarnos y a seguir, sin echarnos nada en cara.

Nuestra vida es una constante búsqueda de sentido de lo que hacemos y adonde vamos. A veces tenemos claridad, otras no tanto. El que nos ayuda a encontrar el sentido a la vida, a los acontecimientos, a las cosas es el Señor de la historia, de mi historia. El es el único que conoce hasta lo mas profundo de mi ser, mucho mas que yo mismo, y por eso me puede entender y guiar.

Si queremos escucharlo, sentirlo cerca nuestro, tenemos que hacer un esfuerzo de entrar en su intimidad, a través de la oración, de la escucha de su palabra y de ponernos en sus manos. Cuando queremos conducir y controlar todos nosotros mismos, las cosas se nos van de las manos, y por supuesto de nuestro control, si aprendemos, de a poco, a abandonarnos a Su Voluntad tendremos una paz que nadie nos podrá quitar, y una alegría que se transmitirá en nuestras acciones.

Dejemos que los frutos de la Pascua vayan madurando en nosotros, en nuestra comunidad, en el mundo. El canto del Aleluya de la Pascua es la expresión de la fe en la Resurrección y en la vida plena.

¡Que la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima, nos acompañe en esta alegría de la Pascua, y nos ayude a encontrarnos en la intimidad con su Hijo Resucitado!

Un abrazo y mis oraciones.

Padre Guillermo.