Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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El Rostro

Vamos concluyendo el año, y con él muchos proyectos, ilusiones, deseos, esperanzas.

Como comunidad concluimos el año en que celebramos los 90 años de la aparición de la Virgen María en Fátima, con su mensaje de conversión del corazón , de una vuelta de la vida y de la mirada hacia Dios Padre, que nos tiende sus brazos para indicarnos el único camino hacia la plenitud. Mensaje aún mas necesario en estos comienzos del nuevo milenio, que se nos presenta con tantas propuestas diferentes y confusas para la vida que muchas veces nos deja perplejos y sin rumbo.

De una cultura que nos llevaba a hacer lo que se debía, aunque no se sintiera, hemos pasado, casi sin darnos cuenta, a una que nos lleva a hacer solo lo que siento en el momento, sin importar lo que sentía antes, y mucho menos, sin tener la menor importancia lo que sentiré en el futuro. Se nos presenta, casi, un camino sin rumbo, es decir, prácticamente no se nos presenta un camino sino puntos aislados, que en el mejor de los casos puede convertirse en un trazo de un pequeño camino hacia la nada, o que puede llegar a empalmar con otro, también sin final.

Pero, frente a estas “no propuestas”, la propuesta de hace mas de dos mil años sigue vigente: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Si, Cristo es el que nos sigue mostrando el único sentido verdadero de la vida de todo hombre y de cada uno de nosotros.

De ahí que la búsqueda del rostro del Señor, de su palabra, de su comprensión, de su perdón, es lo que necesitamos frente a tanta desorientación, mentira, egoísmo, falsedad, búsqueda equivocada de uno mismo.

Hemos sido creados por amor, verdadero, inmutable, incondicional, y con un plan para que podamos vivir ese amor hacia Dios, hacia el prójimo, y hacia nosotros mismos como lo único que nos va llevando hacia la felicidad, la libertad, la grandeza y la plenitud. Este plan supone aceptar sacrificios, esfuerzos, dolores, sufrimientos, pérdidas, pero con la seguridad de alegrías, logros, crecimiento, vida eterna. Lo que el mundo, en general, nos presenta son logros que casi nunca se dan, y borra cualquier referencia a dolores y sufrimientos, que se dan de todos modos sin que se les pueda encontrar un sentido. Y esa es la gran diferencia.

Para encontrarnos con el rostro del Señor lo tenemos que buscar, que pedir, tenemos que estar mas atentos a su cercanía, y de a poco, pero con insistencia y perseverancia, Él se nos hará mas presente, mas cercano, mas entendible. Podremos experimentar su amor y consuelo en medio de sufrimientos, pero Él estará ahí, al lado, para acompañarnos y consolarnos. Así, también nosotros, lo podremos hacer con los demás, sin vaciarnos, al contrario, llenándonos mas de ese mismo amor. 

¡Que la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima, nos ayude y enseñe a volver nuestra mirada al rostro de Su Hijo, y así poder encontrar el verdadero sentido a la vida!

Un abrazo y mis oraciones.

Padre Guillermo.