Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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La fiesta del Hijo es también fiesta de la Madre

Queridos parroquianos:

En el mes de octubre estamos de fiesta en la Parroquia, porque llegan las celebraciones patronales. En realidad, esta vez lo estamos a lo largo de todo este año, porque celebramos con toda la Iglesia el Gran Jubileo del año 2000.

Jubileo significa alegría, fiesta, celebración. Y el motivo de nuestro festejo es que hace 2000 años comenzó a manifestarse el misterio que Dios nos tenía preparado desde antiguo (cf. Rom 16, 25): Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, que dio su vida por nosotros, para que, por su resurrección, nosotros pudiéramos participar de su Vida.

Participar del Jubileo del año 2000 consiste nada más y nada menos que en encontrarse con Jesús, que ha venido hace 2000 años para estar para siempre con nosotros y con todos los hombres, para que todos podamos encontrar en Él la salvación. En esto consiste la redención en la que Jesús nos invita a participar.

El Jubileo es, entonces, la fiesta que hacemos por Jesús y con Él, y es, por lo tanto, “la fiesta del Hijo”. Pero, como decía el Papa el Domingo 24 de septiembre celebrando en San Pedro el Jubileo de los Santuarios Marianos y la Clausura el Congreso Internacional dedicado a la Madre de Cristo, “el Jubileo del Hijo es también el Jubileo de la Madre”.

Está bien, por lo tanto, que en una Parroquia como la nuestra, que se encuentra desde su fundación dedicada a María bajo la advocación de Nuestra Señora de Fátima, el Jubileo lo celebremos como “una fiesta del Hijo, que es también la fiesta de la Madre”.

Esto es lo que haremos, Dios mediante, el 8 de octubre, en las fiestas patronales de Nuestra Señora de Fátima. Estas tendrán, entonces, toda la carga espiritual y emocional de ser la más importante celebración jubilar en nuestra Parroquia. Incluso vendrá el Obispo, Monseñor Casaretto, a presidir la Misa de ese día.

Sin embargo, para poder participar plenamente de la alegría de esta fiesta, la del Jubileo (la fiesta del Hijo) y la de la Parroquia (“la fiesta de la Madre”, aunque las dos son una sola, como dije más arriba), no bastará con “estar”. Como con toda fiesta, para poder participar intensamente, nos tenemos que disponer preparando nuestro corazón, disponiendo nuestro espíritu, e inflamando nuestro ánimo.

En esta preparación, me parece que cada uno de nosotros tiene por delante un camino, que nos toca recorrer irreemplazablemente. Es el camino que va desde nuestro corazón maltrecho al inmenso amor de Dios Padre, que nos espera siempre con los brazos abiertos y llenos de su misericordia. Es el camino que va desde nuestras mezquindades, nuestras incoherencias, nuestras inconstancias, nuestra indiferencia a los que viven alrededor, nuestra falta de amor y compromiso, nuestra poca oración, nuestra esperanza endeble, al encuentro de su perdón renovador.

Por eso, para vivir esta fiesta del Jubileo, que es la fiesta del Hijo, y de la Madre, y las fiestas patronales, el camino es la conversión. Nuestra celebración será distinta, Dios mediante, a las de otros años, si logramos aprovechar intensamente esta oportunidad especial, y privilegiada, de dejarnos empapar por el amor de Dios, que se despliega más abundantemente durante el Año Santo.

María, a quien celebramos en nuestras fiestas patronales, puede ayudarnos a recibir en ellas los frutos del amor de Dios de este Jubileo. Ella es grande, pero su primacía «está arraigada en la humildad» y su relación privilegiada con el Espíritu Santo «no la libró, en su vida terrena, de las fatigas de la condición humana». Por eso, como dijo el Papa en la ocasión que mencioné antes, «su grandeza espiritual no la "aleja" de nosotros: recorrió nuestro camino y ha sido solidaria con nosotros en la "peregrinación de la fe"».

Una sana devoción a María, Madre de Jesús, y Puerta del Cielo por la que llegó a nosotros el Salvador, nos tiene que ayudar en este camino.

El Papa nos decía el 24 de septiembre cuáles deben ser los principios fundamentales que deben orientar esta devoción por la Virgen que, en alguna ocasión ha quedado contaminada por aspectos supersticiosos. Nos indicó que, ante todo, «tiene que estar bien fundada en la Escritura y en la Tradición». Para ello, recomendó encontrar en la liturgia «una orientación segura para las manifestaciones más espontáneas de la religiosidad popular».

En segundo lugar, decía, no debe ser pura palabrería, sino que debe «expresarse en un esfuerzo por imitar a Santa María en un camino de perfección personal». Por lo tanto, una sana devoción nos impulsa, mirando a María, a emprender con confianza, y al mismo tiempo con alegría, el camino de nuestra conversión.

La participación en las fiestas patronales será una ocasión para recibir el don de la indulgencia plenaria, con la que, por misericordia de Dios, se nos perdona el daño que hemos hecho con nuestros pecados y que reclama reparación.

Pero vista como fruto de nuestra participación en las fiestas patronales, quizás esta indulgencia de Dios, que la Iglesia pone a nuestra disposición en esta ocasión, se desprenderá de todo sentido mágico y mecánico y, ya sea que la apliquemos a nosotros mismos, o la ofrezcamos con nuestra oración a favor de los difuntos, adquirirá su sentido más pleno, como signo y fruto de la misericordia de Dios.

En nuestra Parroquia, en la que todo el camino que venimos haciendo desde hace muchos años, lleva la impronta de una conversión que nos abre a nuestros hermanos, como signo y fruto de nuestro encuentro con Dios, la Kermesse con la que culminan nuestras fiestas patronales, cuyos frutos se dedican enteramente a las tareas de Cáritas, serán verdaderamente una digna coronación de toda nuestra celebración.

Con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge