Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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¿Vale tanto esfuerzo?

Cada día se multiplican mas, cada día hay mas gente que concurre, cada día son mas grandes, vistosos, confortables, cada semana mucha gente pasa varias horas en ellos. ¿Y para qué?, o ¿por qué?.

En parte van por razones de salud, en parte para verse mejor, para ser admirados/as, en parte van para fortalecerse, en parte van porque creen que si están mas grandes estarán mas seguros, porque se los va a respetar mas. En parte van por simple vanidad, por temor a verse mas viejas/os.

Si son los gimnasios. ¡Cuánto tiempo, esfuerzo y dinero se invierten en ellos!, se da casi una “práctica religiosa” de asistencia. Las veces por semana que cada uno se ha fijado como meta de asistencia se cumple rigurosamente, postergando cualquier otra ocupación . No se falta. El esfuerzo es cotidiano, y se cumple. Y si por alguna remota posibilidad no se puede asistir, se siente una gran falta, una gran culpa, y hasta una gran pérdida.

¡qué conciencia se adquiere de la constancia que hay que tener para mantener la tonicidad muscular, la fuerza, el cumplimiento de las distintas rutinas!, y ¡cuánta conciencia y certeza de la propia debilidad se adquiere cuando por algún tiempo no se puede asistir!, ¡cómo cuesta retomar el ritmo!, no se puede arrancar de donde se había terminado, hay que volver un poco o bastante para atrás para volver a adquirir las capacidades perdidas. ¡y se hace, con mucho esfuerzo, pero se hace!

Es un hecho. No está bien ni mal, dependiendo del equilibrio con el que se lo maneje.

Siguiendo con el tema del alimento del boletín pasado.

¡Qué importante sería, que así como se tiene tan en cuenta lo corporal, tomáramos conciencia  de las necesidades espirituales, sicológicas, emotivas que también tenemos que fortalecer!

¡Cómo cambiaría nuestra vida, nuestra relación con los demás, nuestras ansiedades, angustias y alegrías, si nos esforzáramos un poco, y creo que mucho menos que con el esfuerzo corporal, en aprender a serenarnos unos minutos por día, en descubrir como estoy y me siento, y por qué, en escuchar algo mas a los que tengo a mi lado, y como se sienten, en ser capaces de descubrir algún error en el día para tratar de mejorar el siguiente, o de pedir perdón, o de saber aceptar ideas u opiniones distintas, en recordar que no somos poderosos, que todo no sabemos ni podemos, que necesitamos la ayuda y comprensión de los demás!.

¡Cómo cambiaría nuestro día si pudiéramos buscar y encontrar la presencia cercana de Jesús, si pudiéramos experimentar su amor, su perdón, su comprensión! Y para ello lo tenemos que desear, esforzarnos, buscar “nuestra propia rutina espiritual”, no para hacer siempre lo mismo, pero si para hacerlo siempre. Al principio puede aburrir, cansar, como con el esfuerzo físico. Si empezamos de a poco, con “unos pocos ejercicios”, unos pocos minutos, tratando de ser constantes, de no distraernos, no pretendiendo grandezas, sino solo descubrir o reconocer que Jesús me ama, me quiere, que soy importante para Él y que yo lo quiero amar y dejarme amar por Él. Eso será mas que importante, estaremos en un camino de crecimiento sin darnos cuenta.

¡Cómo cambiaría nuestra semana,  nuestro enfoque de la vida, si nos preparáramos para presentarle cada semana todas las inquietudes, necesidades y deseos, en la Misa del domingo, con el deseo de un verdadero encuentro con Él, ya que lo es y el Señor siempre está atento, siempre esperando que le abramos el corazón para poder llenarlo con su gracia! , ¡ que sensación distinta tendríamos cada domingo si lográramos esa mínima predisposición, y ese mínimo deseo de encuentro! Cambiaríamos ese tengo que ir por el necesito ir, quiero ir..

¡Qué la Virgen María, Nuestra Señora de Fátima, nos ayude en este ejercicio de encuentro con su hijo!

Un abrazo y mis oraciones.

Padre Guillermo.