Encíclica LUMEN FIDEI de Francisco
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Las huellas de Dios en un camino fascinante

Queridos parroquianos:

Hace apenas unas horas el grupo de jóvenes de la parroquia con el que tuve la dicha de participar en la Jornada Mundial de la Juvenud, ha tomado su avión de regreso, y en pocas horas más estarán en Buenos Aires. Allí podrán compartir con sus familias y sus amigos esta experiencia inolvidable, que seguramente los marcará, como a mí, por el resto de sus vidas.

Han sido muchos los kilómetros caminados, casi siempre bajo el sol implacable del agosto italiano. Muchos también los litros de agua con los que cada día tratábamos de evitar la deshidratación. Muchas también las emociones, y muy fuertes. Pero sobre todo, ha sido inmenso, inabarcable, el donde Dios, la evidencia y la fuerza de su Amor, que hemos podido descubrir de una manera nueva, todos y cada uno de los días de nuestra marcha.

Como decíamos hace apenas unas horas en la última reunión que hacíamos con el grupo en Milán, antes de comenzar el regreso, hará falta mucho tiempo para que podamos hacer decantar toda esta experiencia tan fuerte, y sacar de ella todo el fruto y todas las consecuencias que tendrá para cada uno de nosotros.

Sin embargo, aprovechando la posibilidad que dan los medios electrónicos, todavía desde Roma, antes de seguir para Tierra Santa, quiero recoger aunque sea en una forma muy apretada y resumida, las huellas del rostro de Dios que se nos ha manifestado en estos días.

Parafraseando a un escritor francés, que titula con palabras parecidas un libro en el que relata su conversión, todos los que hicimos esta peregrinación podemos decir: "Dios verdaderamente existe, nos hemos encontrado con Él".

Lo hemos visto en esa multitud inmensa, con la que nos encontramos en cada calle, en cada bus ("colectivo" les decimos en Buenos Aires), en cada estación del subterráneo, en cada lugar donde comíamos el millón y medio de jóvenes llegados desde todos los lugares del mundo a Italia para la Jornada. Cada uno con su bandera, con su canto religioso, con su "sacco" (bolsa) de peregrino, con su propio modo de expresar la fe.

Lo hemos visto y oído también en la visita a las Basílicas, atravesando sus Puertas Santas. En Santa María Mayor, San Pablo Extramuros, y, sobre todo, en San Pedro, haciéndonos un llamado a la conversión al atraversar su umbral, e impulsándonos a dejar afuera todo lo que a cada uno de nosotros nos hace más pesada nuestra marcha hacia Dios.

Hemos escuchado su voz en la de los Obispos que nos predicaron cada una de las catequesis en las que participamos (el de La Habana, Cuba, y el de Madrid, España).

Hemos visto cómo Él ha marcado la historia de esta Ciudad Eterna, en las innumerables obras de arte que ponen en evidencia siglos enteros de fe vivida, en sus Iglesias (casi una en cada cuadra en el centro histórico de la ciudad), en sus barrios, en sus calles, en todos sus rincones.

Lo hemos visto y oído, con un mensaje que quedará para siempre en nuestros corazones, en la voz y en la imagen de Juan Pablo II, entregándonos con sus palabras el testimonio de su vida y de su fe, y llamándonos a ser testigos, con nuestra propia vida, de esa misma fe. Lo hemos visto en los dos millones de personas que seguíamos con una paz y una atención inclaudicable cada una de sus palabras. Este Papa, que con humor nos decía que estando con los jóvenes, había que hacerse joven (¿habrá adivinado mi personal experiencia de todo este viaje?), no dejó de pronunciar palabras fuertes, exhortándonos a aceptar el desafío de la fe, que es muy difícil para nuestra frágiles e inconstantes fuerzas humanas, pero que es posible con la gracia de Dios.

Hemos visto a Dios en Asís, en la plaza en la que San Francisco, ante el enojo de su padre, porque repartía sus bienes entre los pobres, le devolvió todo lo que de él había recibido, diciéndole con toda libertad: "Te doy todo lo que es tuyo, y a partir de ahora le doy a Dios todo lo que es de Dios". Así inició su entrega total en la alegría de la pobreza, como camino seguro que lleva a Dios.

Lo hemos visto en Padua, donde hemos pedido a San Antonio que nos ayude a todos encontrar lo que nos hace falta para vivir nuestra vocación, habiéndonos dispuesto primeramente a estar siempre contentos con lo que nos viene de Dios.

Lo hemos descubierto también en Venecia, que no es sólo la ciudad del carnaval y las góndolas, sino primero y mucho antes, una ciudad en la que siguen vivas, en sus Iglesias, las obras de arte fruto de la fe y el amor.

Lo hemos visto y oído en Milán, en su inmensa Catedral, en la Tumba de San Ambrosio, en "La última Cena", pintada por Leonardo da Vinci, y lo hemos recibido una vez más en la Misa que coronó nuestra peregrinación, en la Parroquia Santa María de las Gracias, celebrando a Nuestra Señora de la Unidad (el 26 de agosto).

Pero quiero decirles que donde cada uno de nosotros hemos podido ver y oír a Dios de una manera constante, ha sido, sobre todo, en cada uno de nuestros compañeros de camino. Cada uno de nosotros ha sido para los demás una palabra y un gesto con los que se nos ha manifestado Dios. Este viaje de peregrinos ha sido, por sobre todas las cosas, una inolvidable experiencia del amor.

Por eso, nos sentimos comprometidos con la Parroquia, que acompañó nuestro viaje. De todo lo que hemos recibido, queremos compartir con todos el mayor don. Queremos ser testigos del don recibido, testigos del Amor de Dios.

En la Misa del 10 de septiembre, a las 20 horas, Dios mediante, estaremos allí todos juntos, y daremos testimonio de este amor que Dios nos manifestó.

Con mi afecto y bendición,

Alejandro W. Bunge