Hijos
del Padre
Por ser bautizados
somos miembros del Pueblo de Dios, somos sus hijos,
y por ser hijos estamos convocados por nuestro Padre
a reunirnos como familia y a trabajar juntos en y
por la unidad.
Esta familia de la Iglesia Universal se va reuniendo
y conociendo en las Iglesias Particulares (la Diócesis),
y para darle vida nos reunimos en pequeñas
comunidades que son las Parroquias. Es aquí
donde nos nutrimos, crecemos, celebramos, nos comprometemos
y realizamos tareas para ayudar y acompañar
a los que son más débiles, o pobres,
o necesitados, mostrando así el amor a Dios
que tenemos, que experimentamos y que nos tiene que
impulsar a cambiar nuestra vida y el mundo por la
fuerza que recibimos del mismo Señor.
Como hijos, que somos, no podemos sentirnos indiferentes
ante las realidades que vivimos, que otros padecen.
Si los demás son hermanos no podemos esquivar
su mirada, su trato. No podemos encerrarnos en nosotros
mismos, o en nuestro pequeño núcleo,
para evitar el dolor, la incertidumbre, el desánimo.
Todo lo contrario. Como hermanos tenemos que procurar,
aún con esfuerzo, y aunque no tengamos ganas,
el bien de los demás. Quien es capaz de brindarse,
de donarse, agranda su horizonte, su corazón,
y recibe mucho más que lo que pensaba que estaba
dando. Quien no es capaz de dar tampoco es capaz de
recibir. Quien no es capaz de amar tampoco se abrirá
para ser amado. Por lo tanto, tampoco será
capaz de experimentar y recibir todos los dones y
gracias que el Señor nos regala cada día.
No experimentará el amor de Jesús, ni
se sentirá amado por El.
Quizás algunos tratan de “cumplir”
mandamientos, devociones, obligaciones. Quizás
tratan de ser justos, honestos, trabajadores. Quizás,
también ayudan a algunos. Pero si a todo esto
no lo mueve el amor a Jesús y el saberse, de
verdad, amado por El siempre sentirá un vacío
interior que nada lo llena.
Padre Guillermo.