Debilidad
o fortaleza
Hemos visto, en
los días pasados, un ejemplo de fortaleza,
humildad y responsabilidad con su misión en
el mundo.
A pesar de su enfermedad y problemas físicos
vimos como Juan Pablo II enfrentó los compromisos
contraídos para su Aniversario, para la beatificación
de Madre Teresa y para el Consistorio de Cardenales.
Se hizo fuerte a pesar de su debilidad e incapacidades.
No le importó mostrarse ante el mundo con su
enfermedad, y sin poder ser el hombre al que estábamos
acostumbrados a ver hasta hace poco tiempo.
Supo hacer frente a la adversidad de la enfermedad
y a las limitaciones que ésta trae. No se escondió
ni disimuló, y a pesar de los dolores, que
se dice padece, supo soportarlos y enfrentarlos con
entereza verdad y humildad.
Hoy no estamos acostumbrados a estos ejemplos. En
televisión todo lo que puede ser limitación,
dolor (si no es por un espectáculo sensacionalista),
demostración de deterioro, etc., se esconde,
se disfraza, se realizan “efectos especiales”
para que todo sea espléndido, exitoso, sonriente,
y así se encuadre en los parámetros
de éxito y triunfo que se nos quiere mostrar
como “el valor de la sociedad y la persona”,
cuando todos sabemos que es falso y que en nuestra
vida personal experimentamos lo real.
No siempre se es consciente de lo que se nos quiere
imponer, en este sentido, y así muchos viven
tristes y hasta deprimidos porque no se ven como “los
modelos que HAY que seguir”, y se pierden de
disfrutar lo que verdaderamente se ES, los valores
y virtudes que se tienen, las pequeñas alegrías
que se pueden experimentar a diario en las pequeñas
cosas, el cariño y la amistad que nos demuestran
tantas personas, los logros personales (aunque no
sean para el cine o la televisión).
Así también las enfermedades o contratiempos
no muy graves se pueden ver como una gran tragedia,
sin lograr descubrir lo que sufren de verdad otras
personas, y como lo propio es mínimo frente
al resto de alegrías que tenemos.
Por eso el ejemplo de temple y carácter que
nos ha mostrado Juan Pablo II es para atesorar, recordar,
y seguir en nuestra vida, confiando en la fortaleza
que el Señor nos concede siempre en su bondad,
y si la pedimos, recibimos el consuelo de experimentar,
además, su ternura y presencia salvadora.
El amor de Dios hacia nosotros es incondicional, es
decir, no solo está presente si “nos
portamos bien”, está en todo momento
para concedernos lo que necesitamos para superar o
soportar los momentos difíciles, aunque El
no los va a solucionar o eliminar siempre. Si no eliminó
la Cruz y sufrimiento de Su Hijo, aunque lo acompañó
con su Gracia, a nosotros ,que también somos
sus hijos no nos va a abandonar.
¡Que la Virgen María, Nuestra Señora
de Fátima , que supo vivir el dolor y el gozo,
nos ayude y anime a seguirla siempre en nuestro camino!
Un abrazo y mis oraciones.
Padre Guillermo