La fuerza de la Resurrección
Clave para nuestra vida nueva
Jesús en
muchas oportunidades les enseña a los Apóstoles
y discípulos a amarse los unos a los otros,
como consecuencia directa del Mandamiento de Amar
a Dios sobre todas las cosas.
El amor a Dios implica necesariamente reconocerlo
como Padre, y de ahí verse como hijo de este
Padre misericordioso, paciente, generoso, que da vida
e invita a ser feliz, aquí para la Vida Eterna.
Al vernos como hijos, y al mirar a nuestro alrededor
descubrimos que los otros hombres, conocidos o no,
queridos o no, también son hijos de mi Padre
y , por lo tanto, son mis hermanos. Desde esta perspectiva
el amor al prójimo, a los demás adquiere
un significado renovado. Tengo que amarlos porque
son amados por mi Padre, que nos ama a cada uno. No
puedo entristecer a mi Padre despreciando, u odiando
a alguno de sus hijos, porque , en definitiva lo estoy
despreciando a El.
Amar a Dios y al prójimo es fruto de la Virtud
de la Caridad, que nos fue regalada en el Bautismo
y que hacemos crecer, en nosotros, cada vez que hacemos
un acto de amor, nos cueste o nos brote espontáneamente.
Para vivir la Caridad necesitamos la virtud de la
Humildad, que nos permite aceptarnos como somos, con
nuestras virtudes, valores y logros, y con nuestros
defectos, imperfecciones y limitaciones. Viendo nuestras
limitaciones podremos aceptar, mejor, las limitaciones
de los demás, y de allí será
más fácil amarlos.
Humildad y Caridad, trabajando juntas nos van a impulsar
a estar más atentos a las necesidades del prójimo,
a tener la grandeza de ser generosos con nuestro tiempo,
con nuestros talentos y con nuestro dinero. Nos impulsará
a vivir más en sintonía con el Evangelio
y con el ejemplo de las primeras comunidades cristianas,
que ponían todo en común para socorrer
a los necesitados, de cualquier índole.
Sin duda que el pecado del egoísmo y de la
defensa de lo que creemos que es propio, y no un regalo
de Dios, nos lleva a encerrarnos, a no escuchar, a
pensar que otros tienen que hacer algo y no yo. Por
eso al Celebrar Pentecostés, tenemos que pedir
insistentemente al Espíritu Santo que llene
nuestro corazón con el amor de Dios, que no
nos deje estancarnos, que no nos deje buscar nuestra
comodidad exclusivamente, que nos enseñe a
descubrir como dando nos llenamos más que si
guardamos lo poco o mucho que tenemos y somos.
No dudemos. El Espíritu Santo transformó
a los Apóstoles con la fuerza de Dios. A nosotros
también nos puede transformar si lo dejamos,
si somos dóciles, si se lo pedimos, si nos
ayudamos en crecer y no en destruirnos con la desconfianza,
los celos, los deseos de poder, con la envidia, con
la soberbia de creernos mejores, etc.
Es el Espíritu Santo el que va abrir nuestro
corazón a la Esperanza y la alegría
de sabernos hijos amados, y hermanos necesitados los
unos de los otros para llevar al mundo, a nuestro
mundo, el amor del Señor en actitudes concretas,
sencillas y cotidianas.
¡Qué el Espíritu Santo nos anime
y qué la Virgen María, Nuestra Señora
de Fátima, nos ayude a ser dóciles como
ella lo fue, para alcanzar los premios prometidos
por Jesús, acá y en la vida eterna el
ciento por uno !
Un abrazo y mis oraciones.
Padre Guillermo