¿Qué
celebramos?
Parecería
que nada ha cambiado en estos días. Sigue la
corrupción, las peleas, los desencuentros,
los enojos, las tomas de posición por conveniencias
personales, la falta de verdad en las expresiones
públicas o personales, las injusticias, los
atropellos, las faltas de respeto hacia el otro, el
egoísmo.
Sin embargo hemos celebrado, hace pocos días,
la Resurrección de Jesucristo, la nueva vida
que nos trae, la luz que ilumina las tinieblas del
pecado, del corazón. ¿De qué
nueva vida, de qué luz nos habla la Liturgia
de la Pascua?, ¿se puede equivocar tanto? ¿Puede
estar tan lejos de la vida cotidiana?
Si la Iglesia nos invita a celebrar es porque ha habido
un acontecimiento que ocurrió realmente en
el tiempo y que hacemos presente en las Celebraciones.
Si no ¿qué estamos celebrando?
El acontecimiento histórico y real comenzó,
desde la creación, por supuesto, pero se hizo
presente desde la Navidad y lo concluimos con la Semana
Santa. El hecho que Dios se haya encarnado para hacerse
uno de nosotros, para sufrir como cualquiera y estar
sujeto a injusticia, humillación y abandono,
nos habla del gran amor de Dios para nosotros, sus
hijos. Tras todas las muestras de su poder y amor
en la creación, de todos los cuidados que tuvo
con su pueblo elegido, de todas las ayudas que les
regaló para que no se apartaran de la vida
que conduce a la única Vida, en el colmo de
su amor se hizo uno de nosotros, para que pudiéramos
comprender que nos ama más allá de nuestras
debilidades, desaciertos, errores. Jesús nos
mostró el amor de Padre al regalarnos un perdón
gratuito que sana nuestras heridas, que nos permite
volver a levantar la cabeza frente a nuestras caídas,
que nos permite seguir siendo y llamarnos hijos a
pesar de nuestros rechazos.
Por eso la Pascua puede ser celebrada, porque es la
alegría del corazón agradecido frente
a tanta bondad y generosidad. La nueva vida que nos
trae la Pascua es interior, para que viviéndola
día a día la vayamos haciendo exterior
por nuestras obras. Si solamente se queda en el interior
es como un tesoro escondido, no sirve para nada, ni
para nadie, nadie lo puede admirar o sacar algún
provecho, aunque tenga un gran valor, enterrado lo
pierde, se hace parte de la tierra, y ni siquiera
sirve como abono.
Si al celebrar la Pascua no nos propusimos, al menos,
hacer algo mejor por los demás y por uno mismo,
ha sido un tesoro valiosísimo pero……..enterrado,
no nos cambia nada.
Pero a pesar de nuestra pereza, desidia o descuido,
el Señor nos sigue hablando desde la alegría
de la Pascua que seguiremos celebrando cincuenta días.
En algún momento podemos escucharlo, hay que
estar atentos, porque la alegría que se experimenta
es tan enorme que a uno lo desborda y lo impulsa a
amar más al Señor en los hermanos.
Yo, este año en la Vigilia Pascual, tuve un
regalo muy grande, de parte del Señor, y varios
de ustedes que estaban participando lo vivieron. Antes
de Comulgar, mientras estaba rezando la oración
preparatoria de la comunión, que a mi me dice
mucho (y se que a muchos de ustedes también,
porque me lo han expresado), mientras me reconocía
pecador, sentí como un abrazo, no físico
sino del alma, tan grande, que me hacía ver
que sí que soy pecador, pero a la vez profundamente
amado por Él, perdonado, mirado con misericordia
y además que no tuviera miedo, que nunca me
iba a dejar apartarme de Él, que desbordó
mi emoción y mi agradecimiento a Él
por tanto regalo. Fue una gran experiencia instantánea,
de un segundo o menos, pero de una gran profundidad
que se grabó muy hondo y que ojalá no
olvide. Son así los regalos de Dios. ¡Nos
queda una sensación de una gran cercanía
del Señor! ¡y de enorme alegría
y gratitud!.
¡Que la Virgen María, Nuestra Señora
de Fátima, que supo acompañar a su hijo
en la pasión, y gozarse en la Resurrección,
nos ayude a vivir siempre con el espíritu de
la Pascua, para transmitirlo con humildad y sencillez!
¡Que hayan podido pasar una Feliz y Santa Pascua!
Un abrazo y mis oraciones
Padre Guillermo