Me falta
alimento
Cada día
nos alimentamos varias veces, en general, porque sentimos
la necesidad de hacerlo, algunas veces por costumbre
o porque “toca”o porque “es la hora”,
aunque en ese momento no tengamos hambre. Algunas
veces lo hacemos casi solos, otras en familia, o en
grupo de amigos, o de trabajo. Algunas veces lo hacemos
“al paso”, otras bien sentados y con tiempo.
Algunas veces lo hacemos en la cocina o en el comedor
diario, otras en el comedor, algunas en restaurantes,
otras en fiestas solemnes en lugares arreglados para
la ocasión… Pero… lo hacemos cada
día.
Muchas veces nos cuidamos en las cantidades y contenidos,
otras no. A veces estamos muy pendientes para no engordar,
otras para fortalecernos, después de alguna
enfermedad, o frente a la práctica de deportes.
Pero… lo hacemos cada día.
Muy rara vez nos cuestionamos si tenemos ganas de
comer o no, si me agrada el lugar o no, ya que a lo
sumo cambiamos de lugar, pero… no dejamos de
comer. Si no me gusta quien me sirve también
buscaré otro lugar u otra persona, pero…
no dejo de comer.
Hay otra forma de alimento, tan necesaria como la
anterior, que muchas veces ni valoramos, ni tenemos
en cuenta, y por no hacerlo, cada vez nos cuesta mas
buscarla, desearla, sentir su necesidad o su ausencia.
De alguna manera pasa algo similar que con el alimento
común. Si por alguna deficiencia como poco,
cada vez me cuesta mas alimentarme normalmente, me
contento con poca cosa, y así de a poco me
voy debilitando, hasta enfermarme seriamente.
Este otro alimento del que hablamos, es espiritual.
Prácticamente no se ve, no se sienten sus efectos
en lo inmediato. Si me falta, me voy acostumbrando
a no tenerlo, hasta olvidarme de él. Pero…
las consecuencias son igual de desastrosas, que frente
a la falta del alimento común, y aún
peores. Ya que su falta no solo toca nuestro cuerpo,
sino a todo nuestro ser, toda nuestra persona, toda
nuestra visión de nosotros mismos y del mundo.
Hablamos, claro está, de la Eucaristía.
De este regalo fundamental para nuestra vida, que
nos dejó Jesús, o mejor aún,
que quiso quedarse El como regalo, don, alimento,
fortaleza, consuelo, abrazo, intimidad de amor, claridad
frente a los problemas, angustias, enfermedades, vínculo
de comunión y reconciliación con los
hermanos, etc.
Muchas veces nos guiamos por las ganas o no que tengo
de participar de la Misa, sin pensar en lo que me
pierdo, en las fuerzas que dejo de recibir, en el
consuelo y la paz que el Señor me quiere dar
y que me está ofreciendo, sin ningún
esfuerzo de mi parte, salvo el ir, y que yo dejo pasar.
Otras veces, con la excusa de no haberme confesado,
pienso que no tiene sentido el ir a Misa, pero no
hago casi nada para recibir la gracia de la Reconciliación
en el Sacramento… total no es Pascua, ni Navidad,…
así que puede esperar, como si solamente necesitáramos
alimentarnos dos veces al año, como si eso
fuera suficiente.
Después nos quejamos, o hasta nos enojamos,
con Dios, porque sentimos que no nos escucha, ni nos
ayuda, y que es injusto con nosotros. Pero…
si no nos predisponemos a escucharlo casi nunca, cuando
creemos que lo necesitamos de verdad, hemos perdido
la capacidad de escucharlo, de entenderlo, de sentir
su abrazo de Padre. El nos lo da siempre, somos nosotros
los que perdemos la capacidad de captarlo. El se comprometió
a estar SIEMPRE con nosotros, pero si no lo sabemos
buscar y descubrir El no puede hacer nada, porque
se lo estamos impidiendo.
Pidámosle al Señor que nos ayude a entender
mas este Alimento que nos ofrece. Que nos ayude a
buscarlo y a no dejarlo pasar. Que nos ayude a vencer
nuestra pereza, y las excusas que nos ponemos, que
solo nos hacen daño, no nos traen ningún
beneficio.
Así como buscamos el alimento corporal cada
día, que también podamos buscarlo a
El.
¡Que la Virgen María, Nuestra Señora
de Fátima, nos impulse a buscar el verdadero
alimento para nuestra vida!.
Un abrazo y mis oraciones.
Padre Guillermo.