Todos llamados
El lunes 21 de
junio se realizó la Asamblea Diocesana (la
número XIII) con una participación de
más de tres mil personas de todas las Parroquias
de la Diócesis, y según lo comentado
en otro boletín, fue un momento importante
en todo “el camino diocesano”, que venimos
transitando. Con todo lo reflexionado por cada Parroquia
y Area se realizaron propuestas para la Asamblea y
se votaron líneas de acción, que se
irán llevando a la práctica y concretizando
en los próximos años.
Sin desconocer todo el tema de la solidaridad y de
estar atentos con generosidad a las necesidades de
los más pobres, se prestó mucha atención
al tema de la familia y los jóvenes, así
como también encarar acciones tendientes a
llevar el mensaje de Cristo a quienes no lo conocen,
o a quienes se hallan alejados de la Iglesia por diferentes
razones.
Como comunidad parroquial, alimentados de la Palabra
y la Eucaristía, si queremos ser testigos de
Jesús, ninguno de los temas abordados nos resultan
ajenos. Todos tenemos y provenimos de una familia,
y casi todos, también, tenemos o sufrimos situaciones
de conflicto, dolor, desentendimientos, reconciliaciones,
etc., dentro de la familia o de familiares cercanos;
por eso esta invitación a trabajar sobre esto
es muy importante y nos involucra a todos y cada uno.
Vemos, en el mundo, desastres en las personas, y por
ende en las familias, parecería que ninguna
palabra empeñada dure mucho más que
el tiempo en que se la pronunció. Tironeos,
peleas, falta de comprensión están a
la orden del día. Aparece un gran egoísmo
que termina perjudicando a todos. Una búsqueda
de felicidad instantánea, sin ningún
dolor, que impide cualquier felicidad. Un acomodar
los valores según las circunstancias que lleva
a destruir la escala de valores, y a no saber, en
definitiva, que es lo que se quiere alcanzar.
Solo en el Corazón de Jesús encontramos
el modelo de amor; mirando su rostro, aprendiendo
a descansar en El, nutriéndonos en la oración,
buscando refugio en su palabra, nos fortaleceremos
para enfrentar momentos difíciles y para acompañar
a otros en situaciones similares. Unos a otros nos
tenemos que ayudar; hay que aprender a pedir ayuda,
a ofrecer ayuda, a confiar más en el cariño
de quienes nos quieren. No podemos permanecer en silencio
y al margen cuando alguien sufre. Muchas veces tememos
molestar o incomodar, y cuando queremos intervenir,
ya es tarde. Es cierto que hay que ser prudente, pero
con amor hay que tratar de estar junto a quien nos
necesita, y si nos rechaza, al menos, no podremos
pensar porque no hice algo.
Pidamos a la Virgen María, Nuestra Señora
de Fátima, nos ayude en las palabras y los
gestos adecuados frente al dolor propio o ajeno, en
las situaciones familiares.
Un abrazo y mis oraciones.
Padre Guillermo.