Una misión
especial
Ya ha transcurrido más de la mitad del año.
Muchas cosas han ocurrido. Además del cambio
de Párroco, en el ámbito parroquial,
con lo que implica de ir adaptándose, conociéndose,
ir entrando en confianza y enriquecerse, aprender
a rezar juntos, compartir la Fe y la vida, es decir,
un desafío apasionante para todos. Muchas otras
han pasado en el mundo y en nuestro país.
Cuando se es adulto, dueño de uno mismo, con
proyectos encaminados, con responsabilidades asumidas,
con personas a cargo que nos interesan y nos preocupan,
las situaciones que nos rodean, de las que somos protagonistas
o artífices, nos tocan para bien o para mal.
Si vemos que el país no prospera, que las palabras
dichas hoy, mañana no importan, que el anuncio
de un día es archivado al siguiente, que todo
se pone en duda pero sin llegar a definir nada, que
parece que la persona no tiene mucho valor aunque
se proclame lo contrario, podemos entrar en un pesimismo
o fatalismo que nos encierre en nosotros mismos o
nos paralice y nos impida llevar a cabo nuestra misión.
Si se es joven, lo dicho arriba, puede llevar a una
falta de entusiasmo para el futuro, para emprender
proyectos, para llevarlos adelante, para esforzarse
en crecer y prepararse para los desafíos que
vendrán, y se puede entrar, además del
pesimismo, en una desconfianza con las personas y
en un individualismo que lleve a buscar solo lo fácil,
lo momentáneo, el placer instantáneo,
la falta de solidaridad y de preocupación por
los demás.
A pesar de toda adversidad, tenemos que tratar de
tener claro cual es nuestra misión en este
mundo, para qué fuimos creados y qué
se espera de nosotros. Sabemos que Dios nos crea por
amor y para la felicidad. Que nos llama a ser santos
y a transformar las realidades de pecado en fuentes
de luz. Que los sufrimientos que podemos tener no
son queridos por El, pero al hacernos libres podemos
padecer por el mal uso de la libertad, propia o de
los demás, y que El nos da la fuerza para superarlos.
Que cuando nos sentimos débiles o impotentes
podemos ser fuertes si nos abandonamos y confiamos
en El.
Dios confía en nosotros. Nos regala muchos
dones para que los multipliquemos. Nos invita a preocuparnos
y ocuparnos de los demás y de sus necesidades
como fuente de alegría y felicidad. En la medida
que sepamos compartir y ser solidarios recibiremos
mucho más de El, si en cambio queremos cuidar
en exceso lo nuestro nos cerramos a recibir más.
Pensemos que hay mucha más gente en nuestro
país y el mundo que busca y quiere hacer el
bien, y que son pocos, en comparación, los
que hacen el mal, aunque sean mucho más visibles
y las consecuencias de sus acciones de mayor repercusión.
Estamos llamados a algo grande. Somos hijos de Dios.
Nuestra misión también implica llevar
y vivir la Esperanza en el mundo, empezando por nuestra
familia y continuando con el resto. El desaliento,
la tristeza, la frustración no nos pueden ganar
porque no brotan de Dios. De El tenemos la bondad,
la ternura, la misericordia, el perdón, la
entrega, la generosidad, la alegría.
Somos una comunidad parroquial, y por eso, tenemos
que hacer más presente a Cristo en nuestras
reuniones, en nuestras celebraciones, y también
en los hechos de cada día.
Estamos próximos a celebrar la fiesta de la
Asunción de la Virgen María al Cielo,
fiesta del triunfo definitivo de quien supo ser fiel
al Padre y llevar su amor a todos los que estuvieron
cerca de Ella y a toda la humanidad de todos los siglos.
¡Qué la Virgen María, Nuestra
Señora de Fátima, nos anime a ser fermentos
de esperanza, de solidaridad, de generosidad, de verdadero
espíritu evangélico en medio del mundo.!
Un abrazo y mis oraciones.
Padre Guillermo.